Un genio maldito suelto en Lima

Por Julio Lossio. Foto: Patricia Noya

El 2018 descubrimos a Javier Ponce Gambirazio. Primero en los artícu­los escritos en Lucidez a finales del 2017, sobre Jossie Tassi, sobre Javier Tem­ple, sobre las discotecas Zeus, Studio One, Company, Escrúpulos, Querelle… Javier Ponce nació en 1967, así que conoció ese ambiente legendario de los 80 y 90.

En marzo, cuando salió publicada su novela El cine malo es mejor, su nom­bre nos sonó fuerte. El artículo de Beto Ortiz elogiando su genialidad maldita («… es un libro muy bien escrito. Delirante, revulsivo, hiriente, salvaje y hasta sádico, pero… muy bien escrito») nos hizo correr a buscarla.

Javier Ponce Gambirazio es psicólogo, como el desquiciado personaje de su no­vela, Julio Auris.

El libro de JPG es un tratado cruel sobre la incorrección. Su alter ego malvado dice:

«— Estoy cansado de la corrección política. Eso no hace sino esconder el paternalismo y la sobreprotección. Si reclaman igualdad, que la acepten. Los enanos son enanos, las gordas son gordas, los negros son negros y los maricones son maricones. ¡No hay más!» (p. 134).

Auris es crudo y directo.

«— La tristeza es la peor trampa. No haces ningún esfuerzo y te escudas en la victimización. Te sientes muy có­modo, la gente te acompaña y luego se cansa de tu idiotez. Al final eres esclavo de tu propio juego depresivo y solo te queda tirarte por la ventana» (p. 133).

Javier es homosexual. Javier, el paciente al que Julio Auris trata con su terapia de venganzas y torturas. Javier castra y viola al homofóbico que lo maltrata, pero eso no le quita la amargura.

«— ¿No te gustaría tener un hijo?

— Los maricones no tenemos hijos. Contraemos enfermedades» (p. 56).

Almudena es la directora de la película, maltratada por su obesidad y exnovia de Javier, a quien ha llegado a odiar tanto como a todos los homosexuales.

«— La utopía homosexual es un abor­to mal concebido y peor ejecutado. Nunca inventan nada bueno. Difaman y deforman hasta conseguir que todos estén podridamente solos. Entonces respiran satisfechos. Como si la sole­dad ajena los ayudara a sentirse menos miserables» (p. 86).

Dentro de un texto, de alguna manera, poético en su amargura, el humor de JPG es ferozmente negro, ácido, corrosivo, surrealista en sus excesos. Único. Una sorpresa su origi­nalidad en esta Lima que nos da pocas sorpresas. ¿Dónde habría estado todo este tiempo?

Veamos.

En 1994 (tenía 27 años) publica un libro de poesía llamado Cuatro tazas de café (Campodónico). La reseña en Caretas no dice que es psicólogo clínico: «Cantante, modelo, fotógrafo y poeta. Cuatro facetas que reúne Javier Ponce Gambirazio y que ha logrado amalgamar bien». Carmen Ollé y José Antonio Fortunic, escritora y cineasta, fueron los encargados de su presentación.

En 1998, también editado por Campodó­nico, publica un libro de cuentos llamado La música que no escuchamos. En 1999, Campodónico, nuevamente, publica su pri­mera novela Amapola, imposible ser feliz.

Del 2003 al 2006 viaja a España («me fui para buscar editorial» me dice por el messenger, «porque aquí se me cerra­ron todas las puertas»). De esos años de exilio son sus novelas Un trámite difícil («Sin contemplaciones y en medio de divagaciones absurdas y esfuerzos por aparentar felicidad, tres transexuales nos dejan ver sus contradicciones y sus aspectos más miserables, así como los más sublimes»), y Una vida distinta, con Javier Temple en la portada («Un hombre viejo y pobre pretende vivir como una fabulosa marquesa y proyecta un docu­mental falso sobre la vida que le hubiera gustado vivir»).

Mientras leo Un trámite difícil, le digo que me recuerda a Mendicutti, le pregun­to si es su principal influencia. «He leído a Mendicutti» —me dice— «como a mu­chos otros autores, pero no sé si llamarlo influencia».

¿A quién más has leído? ¿Quién dirías que ha influenciado más en tu escritura? ¿A quiénes admiras?

He leído a muchos, pero quizás me gus­taría resucitar a Copi y a Reynaldo Are­nas para que escriban más. Son autores que extraño. Pero creo que la voz de mis personajes viene de lo que he vivido, escuchado en la calle y esencialmente de adentro de mí. Debo tener una loca desquiciada en mi cabeza.

¿Alguna vez te has travestido, me parece haber leído?

Sí, pero no soy trans ni nada, lo hice por jugar como muchos de los amigos de mi época.

El 2009 escribió, produjo y dirigió el do­cumental Lucha Reyes. Carta al cielo. «Si los peruanos no tuviéramos ese menos­precio por lo nuestro, Lucha Reyes hace rato hubiera sido considerada nuestro ícono gay» escribe en Lucidez.

El 2013 publica en España El chico que diste por muerto («El chico que diste por muerto estaba enamorado de su herma­no que lo violaba. Cuando tenía catorce años y fue secuestrado y al ser puesto en libertad, decidió no volver al infierno de su casa. Aprendió a prostituirse y a robar en las carreteras»).

Del 2016 es su documental Sarita Colo­nia. La tregua moral («Durante la fiesta de celebración de Sarita Colonia, la santa rechazada por la Iglesia Católica por acoger a delincuentes, prostitutas, tra­vestis y homosexuales, entre sus muchos seguidores, se da una tregua donde sus devotos se sienten hermanos. Delante de su mausoleo, se comparte gratuitamente comida y regalos, mientras las rivalidades y los odios son dejados a un lado. Cuan­do la fiesta acaba, fuera del cementerio, los prejuicios vuelven a gobernar a sus devotos»).

En la película Sin vagina me marginan hay dos escenas en las que se mencionan sus libros. Le pregunto por qué. «Porque soy el único escritor peruano que habla del mundo trans. Y el director es amigo mío y lo ayudé en la construcción de los personajes». «Pero no apareces en los créditos», le digo. «Aparezco en los agradecimientos, creo. Pero en la siguien­te película apareceré actuando, jajajaja».

En su artículo Beto escribe: «‘Javier Ponce es genial pero fujimorista’ —me whatsa­ppea un amigo gay, pero caviar. ‘A mí qué chucha’ —le respondo— ‘así fuera nazi pero caníbal, yo lo leería igual’».

Se me hace increíble que sea fujimorista y se lo pregunto.

Dice Beto que le dijeron que eres fujimorista. ¿Es cierto eso?

Un amigo caviar suyo al parecer. Si uno dice que Sendero Luminoso fue de iz­quierda, entonces eres fujimorista. Ese es nuestro lamentable país maniqueo. Simplonerías de gente idiota… Y jamás podría ser fujimorista.

¿Hacia qué lado del espectro político dirías que te orientas?

Centro, no soy de extremos de ningún tipo, respeto la libertad y la justicia y creo en un Estado lo más pequeño posible, pero que cubra educación y salud de bue­na calidad para todos.

Leí en Lucidez que estabas haciendo un documental sobre Javier Temple. ¿Lo terminaste? ¿Lo sigues haciendo?

Lo tuve que detener porque venía todo el trajín de mi novela, pero apenas tenga tiempo libre, lo retomaré. Es una obliga­ción. Temple es mi madre en el mundo gay.

¿Por qué hacer un documental sobre Javier Temple?

Porque a través de su personaje se puede ver cómo ha ido evolucionando el mundo gay en el Perú. Representa una época que ya no existe, pero que fue base de lo que hoy se vive. Fue un referente importantí­simo para nosotros, de libertad, de ho­nestidad y de disfrutar de la vida aunque fuera una mierda. Sin Temple no se puede entender ni el mundo gay ni el mundo de los espectáculos travestis que han mutado hoy en drag. Es un personaje elegante, exquisito y brillante que vivió entre la po­dredumbre de un país que se venía abajo. Es un sobreviviente de ataques terroristas, pobreza y homofobia. Temple fue un ejemplo de libertad, de cagarnos de risa aunque nos golpearan, de volvernos locos para defendernos de la estúpida realidad que nos atacaba. Su estrategia era evadir, construir una realidad paralela donde fué­ramos felices, donde el juicio ajeno jamás podía llegar.

Artículo publicado en el número de Febrero 2019 de la revista Crónicas de la Diversidad.

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