Realidades disidentes. Sobre el libro de Miguel A. López

Por Julio Lossio Quichiz

Peso Pluma, la editorial que publicó los cuadernos de nuestro entrañable Luis Hernández, acaba de dar otro golpe magistral publicando el libro de Miguel A. López «Ficciones disidentes en la tierra de la misoginia». Los seguidores de Crónicas de la Diversidad recordarán a Miguel A. López de un artículo que escribió para el número 4 de nuestra revista (agosto-setiembre 2014) contándonos de la muestra sobre arte trans que llevó a la Bienal de Sao Paulo, y del artículo que escribió Vero Ferrari para el número 2 (mayo 2014) sobre la exposición en el MALI «Un cuerpo ambulante. Sergio Zevallos en el grupo Chaclacayo» donde Miguel fue el curador.

El libro revisa y analiza algunos episodios que pueden ser relevantes en los últimos 70 años de la historia peruana del arte y de la institucionalidad artística que habla de feminismo y de diversidad de género. «El arte, la creatividad visual, la acción performativa, o la escritura», nos dice, «han sido desde siempre lugares de refugio y resistencia frente a las lógicas de exclusión». Y es que a Miguel le interesa cómo el arte se emparenta con el activismo y con la política en el mejor de sus sentidos. «El objetivo de este libro», precisa, «es contribuir a reorganizar la historia del arte a fin de reclamarla como una reserva de alianzas, sororidad, pedagogía y apasionamiento» (p.19).

El libro se divide en tres partes.

En «Poéticas antipatriarcales» revisa el escenario artístico feminista y la irrupción del cuerpo afeminado y la representación homosexual en la cultura; de su contexto institucional, económico, político y activista en los años 60, 70 y 80 del siglo XX.

En «Guerra, transfeminismos y disidencia sexual» recupera para la historia los trabajos transgresores de Natalia Iguiñiz, Jaime Higa, Elena Tejada-Herrera y del grupo Chaclacayo, este último un grupo que funcionó entre 1982 y 1994 y fue dirigido por Helmut Psotta (expulsado de la Escuela de Artes de la Universidad Católica, luego de unos meses de enseñanza, porque «impugnaba los códigos académicos y las normas religiosas de la universidad»).

En «Políticas de representación» se reconoce el poder de los medios masivos de comunicación, de la publicidad pero también de las teorías radicales, de la práctica artística, en la construcción del género. «Todas son tecnologías y discursos que promueven e intervienen en el campo de la significación social de los individuos, siendo así la cultura visual y el arte ámbitos privilegiados desde donde producir contrarrepresentaciones y contrarrelatos que cuestionen la norma e imaginen modos plurales de vida en común» (p. 237).

A la vista de este arte excéntrico, excluido de las galerías centrales y de la prensa cultural canónica, rescato algunas de las preguntas que nos deja Miguel A. Lopez entre tantas otras ¿Han sido las instituciones artísticas en el Perú guardianas de un poder hegemónico de signo conservador? ¿Lo siguen siendo? ¿Están ellas, así como las empresas que invierten en arte y cultura, y que gastan tanto en publicidad, jugando el papel que antes jugaba la iglesia en el control de los modelos que debían regirnos?

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