Un Cuento

Aquel ajeno

 

por David Roca Basadre

Aquel

  • alt text

Yace aovillado a mi lado aquel montón de carne, cabellos desordenados, fluidos, ruidos diversos, humores, que respira agitado, tan lejos de mis pensamientos como yo de sus sueños raptados por los entretenimientos y juegos con los que se quedó ayer absorto frente a la computadora. Sin embargo, y aun cuando además no distingo su edad siquiera – quizá sean 18 igual que 28 sus años, pues lleva pequeñas arrugas que pueden ser de tiempo transcurrido o pueden ser de la vida cuando maltrata – está allí lejano también en el tiempo como lo veo desde mis largas décadas, aunque estuvo hablando a mi oído y mirándome al rostro con la confianza de quien se sabe digno de interés, diciendo sus cosas tan de varios colores y formas que no llegaba a entender todo lo que quiso decirme en aquel acento diferente, de sintaxis sin artículos y con cortes bruscos, pensadas desde otra lengua indudablemente. Pero me interesa, en efecto, y el color de la tierra de su piel tan límpido y la sonrisa que lanza siempre y que antecede al momento mejor de su mirada, y que completan su imagen graciosa y siempre novedosa, me hallaron desprevenido y por largo rato me tomaron todo sin miramientos. Tanto así, que mi alma está quieta o inquieta en sentidos sucesivos cuando lo miro ahora, allí aovillado.

¿Cómo fue que llegó? Estábamos iracundos muchos porque avasallaban extraños el bosque, la tierra de la gente del bosque (todavía lo hacen, y apena) y marchábamos a pedir al gobierno que ya no lo hiciera. Y entre tantos muchos me topé con su mirada y con su curiosidad por mí, mezclado entre los estudiantes que en las calles se sumaban a la ira y la indignación. Varios nos repartimos correos y con él los intercambié también. Como a todos, le escribí, y solo él me respondió. Entonces, conversamos con frecuencia, también en los chateos cuando yo entraba y siempre estaba. Me llamaban la atención sus textos, sus respuestas.

Era curioso leerlo sin faltas ortográficas pero con esa sintaxis extraña, y con ideas que brillaban propias, sin los habituales sentidos comunes que todos los más jóvenes toman prestados de las predecibles historias de los filmes americanos que se ven a menudo en los cines de barrio y las series televisivas. Este era distinto pues, peligroso: pensaba solo.

Y le pedí que me encontrara y entonces, estuvo a mi lado. Nos paseamos y cansamos juntos, y fue bueno, fácil, compatible, alegre todo. Y ahora duerme aovillado entre sábanas lila de bordes azules, extraño a mi mundo, pero allí consentido en mi espacio.

Aunque luego de todo aquello interesante, hace poco acontecido entre nosotros, a pesar de él debía recordar que hay esos afanes permanentes que me convocan, y ya comienzo a ocuparme de ellos. Claro que me gusta mirarlo, pero también mi hastío con lo ajeno se instala de pronto en mi alma siempre algo autista, y sé que lo va a notar cuando despierte, a pesar mío.

¿Dónde dejé ese texto?, me digo y vaga mi mirada por la habitación en busca de lo que ayer revisaba, antes que viniera. Trasiega mi mano entre los papeles dispersos y los libros a medio leer. Navego por entre los archivos del ordenador tras de aquello que quedó pendiente. Transcurre mi mente por entre los puntos de confluencia de mis digresiones. Y de pronto ya no existe aquel cuerpo hace un momento aún cercano, sino la suma de sus compuestos, un objeto, un rumor apenas. Y así, pasan unas horas que se concentran en mí.

Sin embargo sus pasos lentos de pronto me hacen recordar que aquel ajeno está allí. Miro, y ha despertado. Para mi sorpresa, nuevamente, habla, ríe, tiene alma, existe. Vuelvo a él, entonces. Y me cuenta: viene del bosque. ¡Ah, ya entiendo! Solo que nunca había tocado a un hombre del bosque.

Sonríe otra vez, quiero pedirle que no lo haga, eso me aleja de mis obligaciones, no le digo nada. Me sigue contando: donde vive su familia, donde vivió toda la vida, antes la desnudez era necesaria, porque hay mucho calor. Y los frutos abundaban antes, los animales estaban dispuestos para la caza, y los peces se multiplicaban inagotables en grandes ríos que llevaban a todas partes. Ya no. Eso lo sabe porque se lo contó su abuelo y también su abuela. Aunque él aprendió a cazar con escopeta y a trepar árboles y a pescar y a sembrar y cosechar. Y estuvo en las fiestas cerca del río, cuando todos se juntan y bailan y comentan y comparten lo de todos. Y estuvo en los juegos cerca a los remolinos del gran río cuando entre niños empujaban los trozos de madera desde sus pequeñas canoas para ver quien la lanzaba primero al fondo del torrente.

No deja de hablar, me sorprende más. Sus palabras envuelven, son fantasía y realidad, como todos los recuerdos que solo viven en el que los guarda. Entonces calla. “¿Te aburro?”, me pregunta. No me había dado cuenta de mi silencio, ni de mi quietud. “No, sigue contando…”, replico. Y él se apresta a proseguir, confiado, pero algo lo contiene. Busca alrededor hasta que encuentra la vieja tabla de una antigua mesa y la limpia, busca y encuentra unas acuarelas y las despierta de su sopor con agua, toma algodón, una brocha desvaída y se instala para no hablar frente a esa tabla ahora virgen de nuevo.

Con gran habilidad empieza a hacer trazos cortos con figuras pequeñas de hombres extraños, algo deformes y veo que tiene uno de ellos, el más grande, los pies al revés y el otro, extensas alas y aquel, largos brazos y tantos otros con novedades en sus maneras. Se llena también el espacio de animales que no reconozco pero que se ubican entre el gran bosque y el cielo estrellado y multicolor. De a pocos aparecen historias que no hubiera maginado antes de verlas por su mano. Sonríe de nuevo cuando vuelve a ver mi asombro y me pide con un gesto que me acerque. Voy.

Del enorme dibujo que ahora se puebla de incontables figuras emerge cierto sentido único donde todo aquello que parece disperso esta como reunido por un sólido vínculo de formas y colores que, además, él ha ido desenterrando – sin que sepa yo cómo – de esa corriente caja de acuarelas.

Pero yo he viajado por el bosque, nunca he visto aquello. Se lo digo. Él tiene esta vez una sonrisa algo decepcionada, pero recupera la de siempre. “Ese es el bosque”, me dice, “mi selva”. Me doy cuenta que debo creerle. “Yo solo veía verde”, insisto. “Hay todos los colores, pero hay más, están todas las formas que solo son una, no puedes separar”, me dice, y me mira buscando que entienda. Creo que se exaspera ante mi impávida mirada llena de preguntas. Y entonces se cansa. Me da algo de temor todo esto, en el fondo. Prefiero mis ideas y las cosas que con la razón me asisten, eso me digo. Y él se sienta y nuevamente sonríe. Deja sus colores y se lava las manos. Me pide permiso para volver a la computadora y a los juegos, le digo sí. No sé a qué hora se irá, es igual. Pienso que sería bueno que se quede. Y entonces deseo que se quede, aunque no veamos todavía el mismo bosque. Quizá luego, quizá más adelante…