Opinión

Charlie y Jacinta, por la Papa madre

 

Texto Iván Antezana Quiroz Director Sociedad Secular y Humanista del Perú

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El atentado ocurrido el pasado 7 de enero contra el semanario francés “Charlie Hebdo” ocasionó inmediatas reacciones en todo el mundo. Al margen de todas las discusiones, los hechos han servido para poner sobre la mesa conceptos sobre libertades y derechos, tanto individuales como colectivos, que no suelen tomar parte de las agendas de los medios de comunicación.


Al día siguiente, la página web de RPP publicó una encuesta donde preguntaba si el semanario francés no había cometido “excesos contra las religiones”, mientras el diario El Comercio publicaba las declaraciones del presidente de la Asociación Islámica del Perú, para quien dibujar una caricatura antirreligiosa es, textualmente, “un acto terrorista”. Y pocos días después, el propio Papa de la Iglesia Católica decía, muy suelto de huesos, que si un amigo suyo insultaba a su madre, podía esperar “un puñetazo”. Días más tarde, intentó decir que no dijo lo que dijo: “Yo no puedo insultar, provocar a una persona continuamente porque corro el peligro de que se enfade y corro el peligro de recibir una reacción injusta. Es algo humano”. En este punto, podemos decir que ya hemos escuchado suficiente.


De vuelta en nuestra sociedad, la gran mayoría de la población respalda la tesis del “se lo buscaron”, expresada bajo la timorata estructura de “no apruebo, PERO…”, “condeno, PERO…”, “no justifico, PERO…”. El problema es que el solo hecho de usar la conjunción “pero” en la frase ya está expresando algún grado de oposición a lo primero que se dice. Y el gran problema es que no hay pero que valga cuando se trata de temas como libertades y derechos. Que no nos han sido regalados por nadie, sino conquistados tras largas luchas y no pocos derramamientos de sangre.
Pero volvamos a la mayoritaria postura del “se lo buscaron”. Quienes profieren tan lamentable razonamiento se escudan en frases conocidas como la también mencionada por el Papa y varios voceros religiosos, en el sentido de “establecer límites a la libertad de expresión”, y usar la “prudencia” para no “provocar”. Aparte de preguntarnos quiénes serían los encargados de poner esos límites (quizás quienes lo mencionan se sienten elegidos para hacerlo), lo importante es dejar en claro que, al menos desde tiempos de la Revolución Francesa, los límites están establecidos y se conocen ampliamente. Y esos límites están simplemente en la persona humana.


La complicación viene cuando se trata de definir qué es exactamente la persona, y se empieza a considerarla una especie de cajón de sastre. Mi punto de vista incide en separar a las personas de sus ideas. Porque las ideas, en tanto abstracciones externas, son pensamientos aprendidos o adquiridos, y por lo tanto perfectibles o modificables. Las ideas son para aceptarlas, sopesarlas, debatirlas, criticarlas, refutarlas, defenderlas, e incluso ridiculizarlas o despreciarlas. No son personas, no se van a ofender o molestar, ni van a sufrir. Pero además, por sobre todo, las ideas no tienen derechos. Los derechos son para las personas. Esa distinción es algo que debemos entender si no queremos caer en la confusión.


La postura de los líderes, apologistas o representantes religiosos es, entonces, que la religión no sólo es el límite que la libertad de expresión debe tener, sino que no debe ser sujeta a burla ni crítica de ninguna clase. Eso es, ni más ni menos, la expresión más pura de la campaña que las religiones organizadas sostienen en contra de la libertad de expresión, su principal piedra en el zapato desde 1789. ¿Sorprende que el Vaticano no haya firmado la Declaración Universal de los Derechos Humanos? Pero sí firma “concordatos”, usualmente con gobiernos dictatoriales, como ocurrió en el Perú. En virtud de ese documento, además de transferirle millones de soles anualmente a la Iglesia Católica y eximirla del pago de impuestos, se le lava el cerebro a nuestros niños con el curso mal llamado “religión”, que es simplemente catecismo católico. Ese concordato impide la práctica de un Estado laico real, y por ello no sorprende que la gran mayoría de nuestra población avale el “se lo buscaron” porque “hay que respetar a las religiones”.


Pero las religiones son sistemas de ideas, y las ideas no tienen derechos. Por ello, la pretensión de muchos de establecer un muro protector alrededor de las religiones es retroceder al medievalismo más oscurantista. A tiempos donde las teocracias impedían el desarrollo de la ciencia y enfrentaban el disenso de la única manera que conocen hasta ahora: atacando al mensajero y no al mensaje. El fundamentalismo islámico no pestañea para acabar con la vida de sus opositores, mientras el cristianismo se aguanta sólo porque ha perdido el poder político necesario.


La libertad de expresión debe ser irrestricta. Sus límites sólo pueden estar en la persona humana y objetivamente en sus derechos individuales, no en la subjetividad del vulgar “eso me ofende”. Es inaceptable declararse ofendido, o invocar al respeto, para evitar el defender las ideas con ideas y no con agresiones. Y entendamos que no puede haber excepciones, es decir, “temas sagrados”. Escudarse en “apologías” o “discursos de odio” para promover censura no es en absoluto saludable. Lo único que se logra es evitar enfrentar los temas adecuadamente. ¿Qué hemos logrado con persecuciones por “apología del terrorismo”, más que criar a toda una generación de “pulpines” que no saben quién es Abimael Guzmán y firman los planillones del MOVADEF? ¿Hemos resuelto el problema del racismo prohibiendo dos raquíticos programas humorísticos de la televisión, o sólo hemos cedido a discutibles egos particulares?
La sociedad cuenta con figuras y medios legales para defenderse de los “excesos” de la libertad de expresión. Si no, no sabríamos qué son la injuria, la difamación o la calumnia, o por qué ventilar intimidades de personas de la farándula te puede llevar a la cárcel. Permitamos a esos canales funcionar y dejemos las poses ridículas de creernos el hueco del queque y hacernos los ofendidos por cualquier tontería. Tengamos la madurez de aceptar que somos diferentes y pensamos diferente, y que el del costado puede decir cosas que no nos gusten. Eso es saber convivir en una sociedad del siglo XXI. A menos que, aprovechando que estamos en el 2015, esperemos que Marty McFly venga en su Delorean para darnos un aventón al siglo XV.


Iván Antezana Quiroz
Director
Sociedad Secular y Humanista del Perú