Crónica

La virgen de La Floral

 

Por Luis Miranda

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LA VIRGEN DE LA FLORAL
Hombres, flores y travestis: la fe en el extremo de La Victoria

Por Luis Miranda

Un hermetismo de tumba protege los secretos del culto. Tal vez porque la Mami Rosa, el anciano que comenzó la devoción en la trastienda de su cantina, fue acuchillado mientras bordaba el manto de la Virgen. Tal vez porque la prenda aún tiesa de sangre se niega a revelar al asesino, porque el homicidio ocurrió en La Floral, que está en las orillas del infierno. Quizá porque nadie se jacta de que en esta parcela de Lima encajonada por los cerros San Cosme, El Pino y los camiones de La Parada, una hermandad de travestis inició una procesión que recorre las calles en una marcha devota que también es vista como un desfile de marginados por la Iglesia.


La procesión de travestis ha enemistado a dos párrocos. Uno, el padre Ítalo, de la pequeña parroquia de Yerbateros, bendice y acompaña la procesión. Es consejero y amigo de los afeminados y, cual Cristo, con una bolsa incaica colgada del hombro, se le ve predicando por los callejones que conducen a los cerros, a los barrios curtidos de redadas policiales en busca de paquetes de droga y jóvenes delincuentes que no se resignan a su destino de obreros o recicladores de basura, y donde los homosexuales asumidos enfrentan su condición de la única manera que saben: siendo mujeres. Yo solo predico la paz y el bien entre la gente. Su conducta sexual no me incumbe, nos dijo.


El otro, el padre Miguel, de la parroquia del Buen Consejo, fustiga la homosexualidad y sus manifestaciones. Observa mordaz la marcha de travestis encabezada por la vigorosa banda de músicos Hijos de Huancaray. Parado en el portón de su iglesia, con los humos del sahumerio metiéndosele por las fosas nasales, pone cara de cómo se atreven a contaminar a la Virgen, fariseos y pecadores, cómo osan utilizar la imagen de la Madre de Dios so pretexto de sus atroces borracheras, cómo es posible que insistan en vivir al margen de los preceptos católicos vestidos como mujeres.


En contra de sus convicciones morales, luego de impedir durante dos años que el séquito de travestidos pise el suelo de su iglesia para participar en la misa contratada por ellos mismos, el padre Miguel ha tenido que tragarse su orgullo y aceptar estas costumbres que no se ven en su México natal. Allá, asegura, no existen las procesiones como aquí, con fuegos artificiales y bandas. Es inconcebible que entre cargadores y devotos, durante las paradas de adoración en los altares de cada barrio, los vasos de cerveza corran como agua.


Temido por negar a los travestis el sacramento de la comunión (lo que sí permite el padre Ítalo en su parroquia), el padre Miguel, sin embargo, dejaría ingresar a su iglesia al inusual corso para celebrar en comunidad la misa en honor de la Virgen.
Pero no disimuló el ceño fruncido ni la boca torcida cuando la procesión llegó a la puerta del templo. Hizo esperar al séquito en la calle y se paró frente al mismo, los brazos cruzados, hasta que otro sacerdote culminara la misa de siete. Luego abrió con energía los portones del templo, primero uno, luego el otro, y se hizo a un lado. En el altar, Cristo Crucificado enfrentó el ingreso de la procesión, que fue recibida con aplausos. La Virgen entró escoltada por el pueblo y sus maricones.


La Piurana, peinador responsable del cuaderno con la relación de mayordomos, se ocultó detrás de la Virgen. A su lado, silenciosos, observaban sus depilados amigos, sin los excesos de maquillaje de otras noches. Toda la tarde habían cargado el anda sobre sus hombros y parecían agotados. El cura sermoneó algo sobre la vuelta al redil y solo llamó a comulgar a quienes se hubiesen confesado. Ningún travesti acudió a la fila. Ni La Piurana, que parecía el más combativo.


Se cumplía la condición del padre Miguel. “Hasta que no vuelvan al camino de la Iglesia, no recibirán la hostia”, nos había dicho el sacerdote.
A la salida nos pusimos a observar el moroso discurrir del gentío extravagante con la Virgen al hombro. Se dirigían a La Floral, el fumadero de pasta básica más grande de Lima, la calle de las drogas baratas, de las cantinas de maricones y de la chatarra en descomposición, pero también el lugar donde nació la Virgen de La Puerta de La Floral.

La Piurana
Frente a las carretillas del mercado Doce de Octubre brillan los tubos fluorescentes de un humilde espacio dedicado a la belleza. Es la peluquería de La Miroslava o La Miro, como el quincuagenario travesti se hace llamar. Un cuadro grande de la Patrona exhala tranquilidad. La Miro, cabeza chata cubierta de rulos rojos, nos observa recelosa. Conoció a la difunta Mami Rosa pero sus labios se niegan a contar más. Se mostró coqueta al principio, pasa, siéntate, nos dijo, entre las risitas de los otros peinadores, hasta que supo el motivo de nuestra visita: desconfianza.


Solo días después, en un callejón de La Floral, dentro del cuarto de Charito, otro travesti maduro, comprenderíamos la parquedad de la comunidad homosexual que adora a la Virgen. Los periodistas inventan maldades –nos diría Charito –, la otra vez publicaron que mi vecina vendía pasta básica en los colegios disfrazada de escolar. Eso era mentira, ella vendía pasta en su casa. Y no de colegiala porque ya tiene más de 40 años. Cada quien tiene sus defectos, pero es mi amiga. Una cama de dos plazas, donde dos muchachos roncaban, llenaba la habitación entera.


Y La Chunga, también rayano en la cincuentena, nos explicaría en el mismo salón de La Miro: Hace dos años un periódico publicó que la Virgen era patrocinada por una tira de maricones sidosos, que cómo era posible que se tolerara eso. Por eso no publiques nada, hay personas que no quieren que salga la procesión. Se van a escandalizar. Sus amigas peinadoras la apoyarían en bloque, mudas, con repetidos parpadeos.
Entonces no habíamos asistido aún a sus reuniones semanales con las monjas de la Caridad de La Parada, en este mismo salón de belleza. Con esas monjitas diminutas rezan al Cielo, hablan y se avergüenzan de sus pecados y luego planifican las anticuchadas con cuyas ganancias comprarán ataúdes para los compañeros que mes a mes, repudiados por su familia, escondidos en morideros, aniquila el sida.


No todos los travestis del barrio acuden a esas citas en realidad. Los menores de 17 que recién se inician en la prostitución van una vez, se aburren, el chicle en la boca, y vuelven a ser vistos en la avenida Canadá, en la Vía Expresa, desapareciendo dentro de autos o de camionetas de serenazgo, reapareciendo con billetes en la cartera o moretones en los ojos.


Entre la desconfianza de los travestis y la pared, el que escribe tiene que explicar bonito que la idea es contar la historia de la Virgen, nunca difamar, que más bien le parece extraordinario que muestren valientemente su espiritualidad con una procesión que al mismo tiempo es una vía de integración, una silenciosa marcha de protesta, un llamado para el que quiera ver.
La Piurana calla ahora (un espejo horizontal la deforma), pese a que nos prometió una entrevista en el ardor de la procesión. Está tirada de costado, sin zapatos y sin senos, cuan larga es, sobre un incómodo mueble azul con brazos y patas de metal, típico de las peluquerías de barrio. También nos ignora, exuberante ella, concentrada en la novela del televisor.
La habíamos visto los días previos escoltando la imagen sin desfallecer, alta y severa, como una sacerdotisa celosa. La vimos caminar hasta las cuatro de la madrugada por las calles rotas, la cabellera falsamente rubia flotando entre la multitud pausada, mirando los edificios de paredes mugrientas y lunas en añicos que vomitaban pica -pica y los hombres con el torso desnudo que emergían de los callejones para observar callados el paso del desfile religioso.


En su cuaderno escolar escribía el nombre de los nuevos mayordomos, aquellos vecinos que, emocionados con el éxito de la procesión y sus petardos, con la Virgen celeste bogando sobre el mar humano, con su decoración de focos y globos y ángeles, acudían donde La Piurana para apuntarse y tener el derecho de construir, en la fiesta del próximo año, su propio altar y recibir en la puerta de su casa, negocio o callejón, las bendiciones de la Virgen. Así vimos que la Madre de Dios buscaba los salones de estética para que peinadores siempre rubios la adoren y le ofrezcan chicha morada y cerveza.
Y quisimos hablar con La Piurana desde que la vimos sentada en el filo de una vereda, codeándose con las vecinas de un callejón que montaba sobre las rodillas del cerro El Pino, alzándose un vasito de cerveza, masticando los sanguchitos de mortadela que repartía en fuente plástica el mayordomo de la cuadra.


Era la gobernanta masculina – vestía buzo turquesa de marca falsificada y calzaba sayonaras – de una procesión con la que recién teníamos contacto. Allí vimos, con ojos de testigo, que de veinte cargadores del anda, la mitad de adelante eran hombres vestidos de hombre, es decir hombres machos, y la mitad de atrás eran hombres vestidos de mujer.
Observamos entonces que en este territorio el culto a la Virgen salva enormes y salvajes discriminaciones sexuales. El barrio tiene la oportunidad de contemplar que ellas también tienen una fe, de recordar que Cristo no le hizo ascos a prostitutas ni leprosos, de comprobar que después de todo, son seres humanos comunes y bastantes corrientes, que no digamos de esta agua no beberé, y que la paz sea con todos.
En ese marco, cuando ya se desteñía la tarde en el cielo de la avenida México, La Piurana nos prometió la entrevista. Adelantó que conoció a la Virgen en un viaje a la ciudad de Otuzco hacía catorce años, recién salida de Piura. Pero ahora, echada, despectiva, sobre el sofá de La Miro, se niega a hablar.


No era necesario que hablaran. La procesión es para ellas una oportunidad de reencuentro con una fe cuyos templos le niegan legitimidad, pero también es una adoración casi clandestina, capaz de levantar un escándalo mayor en la Iglesia, que podría censurar la procesión misma. Sin ese acto de fe, la vida perdería uno de sus sustentos. Porque ellas necesitan rituales para sentirse en paz. Por eso callan.

La Floral
Solo la banda de músicos, los cargadores y un puñado friolento de fieles ingresan a La Floral. El vecindario recibe a la Virgen a las tres de la madrugada. La Floral, primer escalón de un cerro amontonado de casas hasta la cima, es una sucesión de talleres, depósitos de cajones de fruta y callejones. Hay una pequeña alfombra de flores sobre la pista en ruinas. La presencia policial (un camión portatropas) sobra, la Señora irradia autoridad propia. Al fondo, las luces del cerro El Pino le aumentan estrellas a la noche. De la cantina “La luz roja” emergen algunos travestis y un par de lesbianas ebrias. Tres policías sacan a empellones de un callejón, a un grupo de pasteleros. Los hacen acomodarse en cuclillas, las espaldas contra la pared. Un portón de fierro se abre y la Virgen ingresa a una chatarrería. Allí se reparte comida y cervezas.


Nuestra madre ha vuelto a su barrio de origen, el altavoz carraspea la frase del padre Ítalo, que oficia una liturgia breve. La Virgen se alegra y danza una marinera balanceada en hombros de una cuadrilla de mujeres, mujeres de verdad. Luego, una pirotécnica vaca loca arranca gritos disforzados a los travestis. Hay risas y olvidamos el lugar que pisamos, escondite de ladrones, cueva de inhaladores de pegamento, hogar de hombres cortados y cosidos.


Rostros mal boceteados nos escudriñan desde la oscuridad. De pronto una trompeta toca un lamento. La Virgen se arrastra como un bulto hasta la fachadita de la casa de Antonio Ramos, la Mami Rosa. Hace una decena de años, salió de aquí la primera procesión con cuatro personas. En esta casa, que entonces era cantina, el anciano travesti inició el culto. Aquí, hace cuatro años, mientras bordaba el manto de la Virgen, la Mami Rosa fue asesinada a cuchillazos.

El milagro
¿En qué habría faltado la Mami Rosa a la Virgen que recibió aquel castigo?, se pregunta don Félix Luciano Béjares, promotor del nuevo y masivo culto a la Virgen de la Puerta de La Victoria. Porque Ella nunca deja de protegernos. Experto en sistemas de inyección de motores petroleros, él no es travesti. A sus 51 años es dueño del más grande establecimiento automotriz de la zona, el Lima Diesel, y da trabajo a medio centenar de personas. Es el guardián de la imagen desde que, en 1991, fuera llamado a La Floral por su amiga, la Mami Rosa.


Yo estoy ya muy viejo –le dijo Mami Rosa – Te encargo a ti que eres muy devoto la tarea de hacerle su fiesta cada año.
Para don Luciano, norteño de Paiján, solterón, el encargo no fue más que la confirmación de un milagro. Hacía dos años había peregrinado a Otuzco para conocer a la Virgen de la Puerta original. Estaba de pie ante el altar, entre la multitud apiñada, cuando el mayordomo principal se acercó y le colocó el manto sagrado de la Madre sobre la nuca. Fue un mandato divino – asegura en su oficina llena de frasquitos con pernos – porque aquel hombre ni siquiera me conocía y, entre tantos fieles, realizó ese acto maravilloso conmigo.
Pocos meses después, la Virgen que la Mami Rosa había llevado de Otuzco a La Floral, pasó a sus manos. Fue un milagro, ciertamente. Si no cómo explicar tanta prosperidad en su negocio. La imagen goza ahora de los cuidados y posesiones de una reina: un altar exornado de flores siempre frescas, dos coronas de oro y preciosos mantos albicelestes con los cuales el propio mecánico viste, como a una muñeca de porcelana, a la pequeña imagen de 80 centímetros de altura.


La procesión de la Mami Rosa solo cubría las pocas manzanas que van de La Floral a la parroquia del Buen Consejo. Gracias a la celosa administración de don Luciano, el ritual se ha convertido en una robusta manifestación de fe popular que describe múltiples meandros en su recorrido de dos jornadas –el 15 de diciembre es la central– entre las cuadras de esta populosa zona de Lima.


La última fiesta (diecisiete días de misas, jaranas y quema de castillos pirotécnicos que culminaron con un concurso de marinera y un baile –hasta las últimas consecuencias – amenizado por dos orquestas alternadas) tuvo un gasto de veintiocho mil soles. Los travestis acudieron a bailar con sus mejores galas.


La Virgen recibe los aportes pecuniarios de doscientos tres mayordomos y en pocos años tendrá su propia cuadrilla de cargadores. La imagen camina por ahora sobre hombros de cuadrillas prestadas por otros santos (San Martín, San Judas Tadeo) y de grupos voluntarios formados por fieles. La procesión de 1994 gozó de más de cien homenajes al paso y el próximo año los verá duplicarse, lo cual signifique de seguro más días de procesión. Incluso ganando la iniciativa a la hermandad de la efigie primigenia de Otuzco, don Luciano establecerá el uso de hábitos albicelestes. Pero mi ambición mayor – dice suspirando – es convertir este taller automotriz en toda una iglesia para la Virgen. Será una réplica de la que existe en Otuzco. Sus planes comenzarán con la construcción de una alameda en la calle Carbone, frente a su taller. Yo creo que en un par de años ya debe estar construido el altar de la iglesia, asegura, absorto en sus visiones.
“Pero antes es preciso hablar con el Cardenal, no es fácil”. No será fácil por los travestis, pero no lo dice.


Ahora que concluyeron las celebraciones, la Virgen luce fatigada en su rincón florido. Don Luciano guarda con cuidado los focos que adornaron su anda, atesora en cajas de cartón los mantos bordados, y no es común, pero sucede, que se ponga a contemplar el manto manchado con la sangre oscura de la Mami Rosa.
Algún día lo lavará, dice.

(Crónica que es parte del libro “El pintor de lavoes y otras crónicas” – Ediciones del Erizo, Lima 2008 – Originalmente publicada en el diario El Mundo. Reproducido en Crónicas de la Diversidad con permiso del autor).

Luis Miranda