Opiniónactualidad

Mi literatura lésbica

 

escribe: Vero Ferrari

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Literatura hecha por lesbianas siempre ha habido, solo tenías que bucear un poquito entre lo que escribían las mujeres, y leer mucho entre líneas, es decir, ser una buena lectora y sospechar de todas. Recuerdo haber leído la historia de Ruth en la Biblia, y no ver por ningún lado lo lésbico hasta que una compañera me dijo que era “demasiado amor”. Fue la palabra amor, o cómo lo dijo ella, lo que me abrió la mente. Existe evidentemente, el amor de madre, el amor de hija, el amor de hermana, el amor de amiga, pero mi pequeña discípula no se refería a eso, ella hablaba de amor, el carnal, ese que te hace sudar imaginando situaciones eróticas, obscenas para cualquier niña, imágenes que luego aparecen en los sueños de forma más voluptuosa y que te persiguen luego en tu habitual cotidianidad.

Desde esa vez, decidí sospechar, y mi primera sospecha de estar frente a un personaje lésbico se dio cuando leí Mujercitas, de Louise May Alcott. El personaje de Jo era fuerte, valiente, rebelde a las convenciones sociales que le imponían a su ser femenino, muy diferente a las mujeres de su tiempo, a sus hermanas y a su madre, pero no, ella no era la lesbiana, o no en teoría, a pesar de haber reducido su delicado nombre, Josephine, al viril Jo, al final termina rindiéndose ante la heterosexualidad y deja de lado su tal vez brillante carrera literaria por una vida de entrega y sacrificio al lado de su esposo, maestro de escuela, con quien funda un colegio para niños abandonados. La posible lesbiana era Beth, la hermana enfermiza, tímida y “asexual”, pues no mostraba gusto alguno por los chicos, quien al final muere. Sospecho que era lesbiana no por su comportamiento sino por su muerte. Es una costumbre que las mujeres que no podían adaptarse a las normas convencionales de la heterosexualidad obligatoria terminaran muriendo. La continuación de Mujercitas se llamaba Buenas esposas (en español se llamó Aquellas mujercitas). Era evidente que Beth no tenía nada que hacer en esa continuación.

¿Se imaginan cuántas pequeñas lesbianas habrán leído ese libro y pensado que no tenían futuro, o que su futuro era terminar casándose con un hombre y sacrificando su vida ante él? La literatura también es un instrumento de poder, es más, es el instrumento de poder más efectivo porque se entiende como beneficiosa natural y universalmente, se brinda desde la infancia impregnada de legitimidad y se convierte en el dador de identidades, en la fuente donde te encuentras y te reconoces o, todo lo contrario, en donde nunca te hallas, o tu reconocimiento siempre es superficial, a medias, entre el sí y el no de identidades sin cortapisas o con breves momentos de libertad.

Luego de eso, intenté cultivarme, porque si no iba a vivir mi lesbianismo abiertamente, mínimo leer sería mi consuelo y mi libertad, así que busqué a Safo, no por algo es la principal referencia de lesbiana y de literatura lésbica de todos los tiempos. Sus poemas suelen ser muy eróticos para quienes empiezan por primera vez a leer algo sobre lesbianas. Su final, suicidándose por un joven amante es decepcionante para muchas. Seguro eso lo inventó alguien que creía inconcebible que una mujer pudiera morir de amor por otra. Seguiré resistiéndome a creer que murió por alguien a quien no amaba ni deseaba.

Tuve muy pocos referentes lésbicos, sin contar a las que ya sabíamos que eran lesbianas pero no escribían sobre lesbianas, Virginia Woolf (Las Olas, Orlando), Marguerite Yourcenar (Memorias de Adriano; Ana, soror) y sin mencionar a todo lo que se escribía sobre gais y que había leído (Duque, Los inocentes, Cartas a Antonio, No se lo digas a nadie), que no me reflejaban, hasta que llegó a mí 56 días en la vida de un frik (1996) de Morella Petrozzi. Poético y violento, fue uno de los primeros libros con un personaje lésbico sin ataduras, aunque quizás su única atadura era el amor. Lo leí a los 16 años y me fascinó. Ese libro forma parte de mi educación sentimental como lesbiana reprimida, y debe ser por eso que lo guardo en alta estima.

Luego ya pude leer a Violeta Barrientos y El innombrable cuerpo del deseo, Doris Moromisato y El diario de una mujer esponja, Esther Vargas y No busco novio, Beatriz Gimeno y sus Primeras caricias, las novelas gráficas de Allison Bechdel, Fun Home y ¿Eres mi madre? o Azul de Julie Maroh; y varias novelas de la editorial Egales, aunque aún me faltan La insensata geometría del amor (un clásico de Susana Guzner), todas las obras de Lola Van Guardia, entre ellas, Con pedigree (1997), Plumas de doble filo (1999) y La mansión de las tríbadas (2002), y las novelas testimoniales de Margarita Pisano.

Voces para Lilith, en ese ámbito, se convirtió en la mejor manera de saber lo que escribían las lesbianas en América del Sur. Gracias a esta antología realizada por Claudia Salazar y Melissa Ghezzi, pudimos leer a poetas y narradoras hasta ese momento desconocidas que siguen produciendo actualmente material para reflejarnos y encontrarnos.

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