Entrevistapersonajes

Eclipse total

 

Gabriela Luisa Javier Caballero

Lima, Marzo 2014

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Dos astros se superpusieron en el siglo XIX: Arthur Rimbaud y Paul Verlaine. Hampton, de seguro impresionado por estas dos figuras, escribe a la corta edad de 22 años la obra Eclipse Total, drama sobre la intensa relación –literaria y afectiva- que se desarrolló entre los poetas y que el Centro Cultural PUCP lleva a escena como parte de las celebraciones por sus 20 años y en el espacio dedicado al Homenaje a la Poesía.

Con las impactantes actuaciones principales de Fabrizio Aguilar y Fernando Luque, quizá –nos arriesgamos a “opinar”- uno de los mejores actores de su generación. En Eclipse Total somos testigos de cómo Verlaine y Rimbaud construyen y deconstruyen su relación, vemos cómo progresivamente van cambiando los roles entre ambos: desde un inicio Rimbaud parece despertar cierta fascinación sobre Verlaine -casado con la adolescente Mathilde, rol interpretado por Ingrid Altamirano, precisa en la delicadeza y fragilidad proyectada-, quien ya gozaba de reconocimiento en el ámbito lírico y cultural de la época y quién inmediatamente decide sumergir al joven en el mundo de la poesía parisina. Por etapas dominante el mayor, poco a poco Rimbaud termina por ejercer un poder mayor sobre él, llevándolo incluso a depender de la relación establecida entre ambos. Nos sumerge en la época (1871 – 1892) no una cargada escenografía, sino la decisión de “destecnologizar”, en la medida de lo posible, los mecanismos para captar la atención del público: no hay grabaciones que invoquen a apagar celulares, la música es interpretada en vivo por Raúl Erazo (piano) y Jorge Sánchez (violoncello), y los cambios de escena son documentados, referidos y contextualizados por otros actores del elenco.

Calificados en la época sodomitas –aún no se empleaba el término “homosexual”-, las intensas escenas de amor, celos, pero también de intercambio artístico, destacan por su potencia, pasión y violencia, que termina por contaminar también a quienes los rodean. Intensidad que ambos sentían hacia el arte, hacia el modo de vida que los llevara a explorar todo lo posible y nutrir su experiencia (sobre todo Rimbaud). Quizá no sea ardorosamente controversial hoy, pero sí necesaria en tiempos como el nuestro, en la que la opinión –infaustamente, generalizada- desnaturaliza todo tipo de relación homosexual.

Uno de los grandes méritos de la puesta que dirige Ángeles radica en esa naturalización del amor, porque nos pone frente a dos personas que se amaron intensamente, llevando al espectador a olvidar que se trata de dos hombres y no de aquella unión, que tanto se menciona ahora, “beneficia a la familia”. No se escatima en la dureza ni en escenas escabrosas: la violencia y el amor son tratados de modo fuerte, pero a la vez tan sutil que impactan y conmueven; los desnudos en escena están completamente justificados, tratados con cuidado y matizados por un manejo estético y delicado de la iluminación. Mérito del equipo de trabajo es que los caracteres estén diferenciados claramente, intensificando la contradicción y la dependencia, enfatizando en el lenguaje en un escenario provisto solo por lo esencial, en el que ambos actores principales logran brillar.

La forma de vivir el amor y el arte entre Rimbaud y Verlaine, el modo de nutrirse entre sí –artística y emocionalmente-, queda retratado de un modo respetuoso pero potente a la vez. Una visión honesta del amor homosexual, un montaje obligatorio.

* Gabriela Luisa Javier Caballero, Bachiller en Literatura por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, interesada en la crítica e investigación teatral.

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