Entrevistapersonajes

Un Entierro



Por David Roca Basadre

Lima, Marzo 2014

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En uno de esos pueblos del lado ignorado del antiguo Chorrillos – todavía un distrito playero para muchos distraídos – y donde he podido pasar diez largos y fructíferos años de trabajo directo con niños, adolescentes y jóvenes entre los más olvidados, una de esas páginas curiosas de la literatura contemporánea se abrió ante mis ojos.

Si algún lector ha podido frecuentar la apasionada escritura de Jean Genet – mejor en su original francés que en una de las imposibles traducciones que existen –, recuerda con seguridad el entierro de Divina, el homosexual y travesti muerto de tisis por amor y por miseria, en Nôtre Dame des Fleurs. Esas escenas, cargadas de emociones, evocaciones, retornos, idas y vueltas de la historia, tan frecuentes en Genet, son de un dramatismo y una originalidad difíciles de igualar, salvo por la realidad.

Transformada la escalera en una cuesta de cerro, el pequeño departamento en una pequeña choza de esteras y cartón prensado, el mismo olor a perfume barato llenaba el ambiente reducido y atestado de hombres que no quieren serlo, durante el entierro de Fausto Rozas Rozas, más conocido en vida como Ginger, que había taconeado durante muchas décadas las calles de Lima, tuvo momento de esplendor, cuerpo de princesa, cabello largo y bello, el busto bien formado y un hermoso trasero hasta que el tiempo y el trajín, implacables, derrotaron todos sus intentos, todas las argucias que tuvo Ginger a la mano para seguir siendo ella. Volvió Fausto. Dormía maquillado por sus amigos que habían hecho todo lo posible porque apareciera Ginger presentable, como ella hubiera querido. Pero estaba Fausto, sin dudas, con el gesto rígido de la muerte traspasando afeites y pretensiones y mostrando finalmente la verdad masculina ya sin rubores.

Me había llevado la curiosidad. En ese barrio, donde aún tengo muchísimos y entrañables afectos, no frecuentaba a esta familia en particular; sí a los vecinos, donde había varios chiquillos que participaban de las actividades que organizábamos en ese entonces. Ellos me contaron y fui. Entré con la actitud y el porte de un notable de la localidad, atributo con que suelen dotar a los promotores sociales, y me acerqué a orar frente al cajón, como corresponde. Miré al difunto por primera y última vez y me acerqué a dar el pésame uno a uno. La madre era una anciana que quizá había ya perdido la noción de la realidad. Los otros familiares permanecían con el rostro adusto y sólo uno se acercó a agradecerme la visita. Pero ellos estaban como aparte, ocultos en una esquina mientras que la habitación entera y la calle la ganaban decenas de caballeros con los ojos y labios maquillados, el cabello de peluquería y vestidos ajustados. Debí dar la mano a aquellos que percibí más apenados, luego quedarme un momento antes de despedirme.

Por la tarde pude ver el féretro partir. Iba a hombros de los amigos. Los más jóvenes cargaban dejando ver el contraste de algunos músculos envueltos en blusas transparentes. Más atrás, venían unas señoras gruesas y delgadas en llantos y risas nerviosas, con huellas claras de una lucha desesperada e inútil por no perder la añorada lozanía que, dueñas de su efímero goce, era el principal atributo de los cargadores.

Hubo rezos, rosarios en mano y suspiros al cielo. Hubo pena, indiferencia y formalidad. Hasta los chistes de velorio que ocultan, tras una presunta irreverencia, nuestro temor ante lo que no conocemos y todos conoceremos irremediablemente.

No seguí más el acontecimiento. Se fue cuesta abajo hacia el cementerio de los pobres, donde plantarían una cruz y más adelante una lápida. Nunca me atreví a preguntar si sobre ella escribieron Fausto, o más bien pusieron Ginger, como corresponde.

Lima, noviembre 28 de 1996

 

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