Ensayo

"Oswaldo Reynoso

 

o el escaparate del alma inocente"

escribe Pedro Novoa* | foto Julio Lossio

Lima, Octubre 2014

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Oswaldo Reynoso (Arequipa, 1931) es junto a Vargas Llosa y Ribeyro la indiscutible triple entente de la narrativa urbana en el Perú. Los tres abordan la temática del realismo urbano con una particular filiación hacia una u otra especie narrativa. Mientras Vargas Llosa vio en el cuento una transición natural hacia la novela; Ribeyro (a pesar de que escribió algunas notables novelas)1 se afincó en el cuento casi como un hábitat obligado para sus ficciones. En cambio, Reynoso, fue quizá el más infiel de todos a la rigidez de los géneros, produjo cuentos, novelas, memorias, poesías y obras inclasificables que él simplemente llamó Literatura en general. De actitud rebelde y espíritu díscolo, solo en Reynoso se puede observar un homoerotismo diverso a diferencia de los otros dos narradores que se decidieron por la invisibilización o el estereotipo de personajes que pudieran desear a una persona de su mismo sexo.

Esta apertura de visión y vocación de disidente perpetuo, hizo que Reynoso comenzara a configurar el homoerotismo en ciertos personajes, pero a manera de escaparates de una interioridad que se veía, se ofrecía, pero que era inapropiado tomar o tocar –en la mayoría de veces. En sus primeros relatos (Los Inocentes), el homoerotismo se sublimaba en apariencias juveniles, de rostros angelicales y elegancia principesca. Allí están los personajes Cara de Ángel o el Príncipe de facciones casi cristalinas que los hacen destacar dentro de un entorno opaco, ríspido y sobre todo salvaje y machista. Esta idealización del homoerotismo temía, asistía a su exposición con un sentimiento de arrobo culposo. Un joven experimenta una inexplicable erección mientras se pelea con otro compañero, otro percibe la voraz mirada de un hombre mayor. Esta visión contraria, de hombres mayores, viejos, preferentemente feos no niega, sino simplemente resalta esta tensión de ocultamiento social del homoerotismo dentro de un entorno homofóbico, hipócrita e intolerante. Que crean en claves de estereotipo al Manos Voladoras que es peluquero, gesticulante, amanerado y de dicción aguda e histriónica, pero no es una invención de la nada, sino más bien un préstamo de una realidad que así entiende, que así asimila el homoerotismo. Es más, ciertos personajes de la novela En octubre no hay milagros se ven absorbidos por esta especie de moral flotante que el machismo del entorno les impele. Donde personajes encanallados por la carroña del poder añaden a su vileza, la condición inconfesable de homosexual. Nuevamente la idealización inversa nos remite a seres “infernalizados”: especie de sátiros contemporáneos que hambrientos de sexo buscan sus ocasionales amantes jóvenes.

Pero este tour demonizador termina cuando el homoerotismo se sorprende adulto, no en la adultez cronológica sino en la de conciencia. El escaparate se abre y deja tocar su interior. Este acto es, en esencia, liberador y se ostenta iconoclasta, subversivo. Apunta la moral mayor, no la vulgar machista, sino la religiosa. Esto se observa con mayor contundencia en la obra En busca de Aladino: “Malte grita: Ahora, a corrérsela y ya no es el querubín del coro de la iglesia y ya no le importa la renuncia a Satanás y el infierno y en la oscuridad de la playa su rostro es más radiante que en los aleluyas (...) y luego el arrepentimiento y del dolor del corazón por el pecado y el miedo de despertar en medio de las llamas del infierno, pero la brisa de la mañana acariciaba mi cuerpo tirado sobre la playa y Malte revolcándose conmigo en la arena gritó: sin trusas, y desnudos nos metimos corriendo a las olas y nuestros cuerpos eran hermosos y limpios y el mar seguía en su invariable marea. Y dios había muerto para siempre”.

De esta manera tenemos, pues, con sus contradicciones, tensiones y aciertos un homoerotismo visible en la narrativa de Reynoso que arremete contra las convenciones sociales y dinamita sus endebles bases. Un ejercicio de luces, ya no de sombras; de sinceridades y no de turbias hipocresías, donde el sujeto es al extremo libre y perpetuamente gozoso de amarse con alguien que es de su mismo sexo. Alguien que finalmente esté a la misma altura de su inocencia.

 

1Crónicas de San Gabriel, Los geniecillos dominicales, Cambio de guardia.

* Premio Internacional Mario Vargas Llosa, Premio Horacio de la Derrama Magisterial, 2do. Premio Internacional de Poesía Manuel Mejía Velilla. Ha publicado las novelas Seis metros de soga (Altazor), Maestra vida (Alfaguara) y Cacería de espejismos (Fondo Editorial de la UCV). Actualmente es catedrático en la Universidad César Vallejo.

 

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