Entrevistapersonajes

El arte de Guiseppe Campuzano

 

Por Carlos Pereyra

Lima, Mayo 2014

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Giuseppe Campuzano (1969-2013) dedicó su vida creativa al estudio y celebración del travestismo. Mediante su obra más representativa —una muestra itinerante que paseó por varios lugares del Perú y el extranjero— buscó presentarlo desde un punto de vista artístico, antropológico, histórico, político y, sobre todo, vivencial: detrás del tratamiento estético y analítico palpitaban la intensidad de sus experiencias personales, su “sana cólera” por la invisibilidad social del travestismo, su deseo de sensibilizar al público hacia del travesti como ser humano y no como estereotipo, y la riqueza de su mundo interior —un mundo visual y conceptual exuberante, sorprendente, construido a partir de la pasión, el talento y la inteligencia.

Tal vez sus posiciones alternativas llevaron a muchos a pensar que Campuzano renegaba de las formas culturales tradicionales y, en especial, de la religión. Nada más alejado de la realidad. Creció en una familia de sólidas creencias y prácticas católicas, las cuales cultivó toda su vida. Su indignación, irreverencia y sarcasmo ante ciertas formas de intolerancia dentro de la Iglesia no le impedían experimentar una devoción auténtica ni emocionarse tanto con las imágenes de las catedrales más ricas como con las más modestas procesiones de los pueblos. Los símbolos religiosos fueron para él una poderosa fuente de fe y estímulo creativo. Asimismo, no debe sorprender que su profundo sentido religioso fuera también objeto de interpretación artística y personal a través del prisma del travestismo. En particular, desde niño conmovía a Campuzano la exaltación de María, principal símbolo femenino del catolicismo. Como estudioso, comprendía su rol sincrético de gran dadora de amor y protección; como creyente, sentía una emoción ardiente ante las representaciones tradicionales de la Virgen, principalmente la Dolorosa: con el rostro bañado en lágrimas y el corazón atravesado por siete puñales, es una figura, dramática, desgarradora, que comparte el suplicio redentor de Jesús, convirtiéndose así también en salvadora de la humanidad. Campuzano, el artista, devoto y travesti, engendra la idea de exaltarla plasmándola en sí mismo. Hace esto con fervor sincero y reivindicando para el travesti —también un ser humano con la capacidad de ser un creyente legítimo— una de las prácticas más difundidas del catolicismo: ¿no estamos habituados a las vívidas representaciones de la Pasión de Cristo en la Semana Santa? ¿No es siempre la niña más bella la elegida para representar a la Virgen María en las celebraciones religiosas de los pueblos? ¿No es personificar a la figura sagrada, adoptar sus atributos, una de las formas más intensas de la devoción popular?

Tuve la suerte de ser invitado por Campuzano a participar en la producción del experimento creativo y registrarlo fotográficamente. En los alrededores del Congreso de la República existen muchos negocios dedicados a producir la vestimenta y accesorios que engalanan las imágenes de las fiestas patronales, la mayoría traídas por los inmigrantes de la sierra desde mediados del siglo XX. Para producir las fotos aquí presentadas, Campuzano y quien escribe estas líneas llevamos a cabo una búsqueda cuidadosa, hasta identificar un establecimiento, propiedad de dos amables señoras norteñas, que exhibía en lugar prominente un manto con las características ideales imaginadas por él (negro, con rosas bordadas en hilo plateado). Luego de una prudente aproximación inicial, preguntamos si era posible hacer uno con características similares, pero en talla mayor —mucho mayor. Habituadas a vestir a las pequeñas vírgenes provincianas, preguntaron qué uso pretendíamos darle a un manto tan inusualmente grande. Expliqué, dando las mayores seguridades sobre la respetabilidad de nuestras intenciones, que era para que el caballero que me acompañaba —quien era un artista reconocido— lo usara en una sesión de fotos. Sin esperar una fundamentación más elaborada y demostrando que en la cultura nacional la intolerancia más abyecta puede coexistir con una curiosa flexibilidad respecto de estos temas —un tema de estudio que excede el objetivo de este artículo—, las señoras se apresuraron a traer una cinta métrica para tomar las medidas de Giuseppe. Incluso hicieron valiosas sugerencias y nos comprometieron a llevarles una foto —cosa que hasta la fecha hemos incumplido. Alentados por la acogida de las simpáticas señoras, nos dirigimos a otro establecimiento en busca de los demás elementos esenciales de la caracterización: la corona y el corazón atravesado por siete puñales. Los encargados nos brindaron el mismo trato amable y totalmente desprovisto de sorpresa o extrañeza.

Luego de recoger el manto, la corona y el corazón dos semanas después, llevamos a cabo la sesión de fotos en un estudio que en ese tiempo (2007) el autor de este artículo tenía en Barranco. Yo había sido amigo de Campuzano por varios años, pero nunca había sido testigo de su proceso creativo: cuando cubrió su rostro con una espesa base, pintó sus labios de rojo profundo, aplicó a sus párpados unas inmensas pestañas y pegó en sus mejillas unas refulgentes lágrimas de acrílico, intuí que esa tarde iba a usar mis modestas capacidades fotográficas para algo muy diferente de todo lo que había hecho hasta entonces. Luego lo ayudé a envolverse en el pesado manto y a colocarse la corona —en realidad, un halo de rayos metálicos. Verlo transformarse en una impresionante Virgen barroca me involucró mentalmente en el proceso. Elegí un fondo oscuro y una iluminación contrastada para crear una atmósfera “catedralicia”… y comencé a disparar. Sus poses estáticas eran las habituales en las Vírgenes de las procesiones y los altares, pero sus expresiones reflejaban un trance religioso y estético. Posteriormente hicimos otras sesiones de fotos, pero ninguna tan memorable como aquella.

Giuseppe Campuzano no fue —ni buscó ser— un artista cómodamente establecido en ninguna corriente o moda dominante, pero fue un creador singular e imaginativo cuyo reconocimiento sin duda crecerá con el paso del tiempo. Sirva este pequeño artículo como homenaje al artista y al amigo, una de las personas más notables que he tenido el honor de conocer.

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