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El Rostro de los evangélicos antiderechos

 

Escribe: Oscar Amat y León*

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El proyecto de ley de la Unión Civil ha permitido que la ciudadanía se dé cuenta que existe un sector de la Iglesia Evangélica en el Perú que ha dejado de lado la timidez y el complejo de minoría en el país para aparecer en el espacio público con un protagonismo y entusiasmo inusitado que no deja de ocultar la escasa formación teológica y política de sus líderes, quienes han hecho de la ignorancia una virtud y de la inexperiencia pública un atrevimiento.

El día de hoy contemplamos concretamente la existencia de por lo menos ocho congresistas evangélicos y otras autoridades del Ejecutivo, que con sus matices y particularidades, han hecho suya la agenda neo-conservadora que intenta restringir los Derechos Humanos de las personas, en especial de las mujeres y de las personas LGBTI. Algunos lo han hecho por conocimiento e interés político, otros por costumbre y tradición, pero en ambos casos estos políticos religiosos sienten una convicción y un espíritu de cruzada desde la fuerza que les da una manera particular de entender las Escrituras judeo-cristianas, según la cual, Dios condenaría a los/las homosexuales a los fuegos del infierno y la perdición.

Es esta forma deficiente de entender el texto bíblico lo que les ha llevado a contrarrestar con todas sus fuerzas la propuesta de Unión Civil por considerarla moralmente condenable, pues de aprobarse esta ley, se estaría dando un estatus civil y una legitimación simbólica a un sector homosexual de la población peruana que desde muchos años viene luchando por igualdad de derechos y el reconocimiento de su orientación sexual. Algo que estos religiosos/as no pueden tolerar.

Lo que muchos desconocen y quizás no relacionan es que a nivel del mundo evangélico, la presencia política de congresistas evangélicos, incluidos pastores como Humberto Lay y Julio Rosas, constituye un retroceso en la comprensión y el compromiso de la Iglesia Evangélica con los Derechos Humanos en el Perú, respecto del período correspondiente al rol que a la Iglesia Evangélica le tocó jugar en los tiempos de la violencia política.

El Informe Final de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación (CVR) señala claramente que el trabajo realizado por el Concilio Nacional Evangélico del Perú (CONEP) durante el período 1980-2000, representó un aspecto positivo de identificación eclesial con la justicia y la paz en el país, de una entidad representativa de la mayoría evangélica en el Perú. Al mismo tiempo el Informe reconoce la existencia de fisuras en este proceso entre el CONEP y las denominaciones evangélicas cuando señala que existieron responsabilidades de los líderes y funcionarios eclesiásticos que no siempre respaldaron el trabajo social y de Derechos Humanos del CONEP y que más bien quisieron cambiarlo. Una actitud semejante se logró identificar en los pastores de las iglesias más grandes en Lima Metropolitana, las cuales, según el mismo Informe, se aislaron o se mantuvieron insensibles al problema de la violencia el país.

Es curioso que los líderes de esas mismas iglesias en el Perú del siglo xxi hayan planteado como estrategia de su visibilidad pública el respaldar a líderes laicos y pastorales en el proceso de llegar al Congreso y otros cargos públicos. Vale decir que mientras se dieron los tiempos de la violencia política ellos/as se mantuvieron en un sospechoso silencio, pero cuando la situación cambió, surgió en estos mismos líderes eclesiales, la pasión y el compromiso por incidir en la esfera pública. Y lo que resulta más paradójico es que ahora que han llegado a detentar cargos públicos y cuentan con cierta visibilidad mediática, sus acciones más recordadas sean la movilización de su feligresía y de otros sectores conservadores de la ciudadanía hacia la lucha ideológica en contra de la aprobación del proyecto de Unión Civil o el hacer lobby en el Congreso para lograr encarpetar el proyecto de Crímenes de Odio, por citar algunos ejemplos.

Aparentemente este cambio de ruta de los evangélicos desde aquel intento del CONEP en los años 90 de convertirse en el sector dirigente de un movimiento social evangélico vinculado con la paz, la justicia, la vida y los Derechos Humanos, ha sufrido un retroceso mortal y un desplazamiento hacia la restricción de los derechos de las personas, por parte de estos liderazgos políticos personalistas y sin base social, quienes yendo en contra de la historia, se esfuerzan en movilizar sus recursos económicos y simbólicos dando la impresión que todos y todas los/las evangélicos/as están involucrados en esta vergüenza que significa la ideología fundamentalista y la imposición de una agenda anti-gay en el Perú.

 
* Sociólogo de la PUCP. Estudios de maestría en DDHH. Consultor en temas de Cultura y Sociedad. Miembro de la Iglesia Evangélica. (oscar_amat@yahoo.com)

 

 

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