‘Taurocatapsia’ de Valeria Guerra-García

Por Daniel Bernedo
Curador

¿Cómo será mi redentor?, me pregunto.
¿Será un toro o un hombre?
¿Será tal vez un toro con cara de hombre?
¿O será como yo?

Jorge Luis Borges, La casa de Asterión (1949)

La práctica pictórica de Valeria Guerra-García (Lima, 2002) propone una examinación crítica de los sistemas de fe, los cánones de tradición y las tensiones de la devoción, con énfasis en los ejercicios de poder, violencia y vulneración de las identidades y corporalidades disidentes. Figuras alegóricas, entre lo histórico-cultural y lo íntimo surreal, artefactos simbólicos y escenarios expiatorios plantean la exaltación de una ritualidad alternativa a los designios de la pasión y los martirios de la fe.

En el corpus de obra de la artista, la lectura analítica, en consecuencia de la contemplación y la estética, desentrañan la dominación ideológica de la imagen, a la vez de su propia contradicción, donde lo sacro y lo profano confluyen con la transgresión. Sacro, en alta opulencia y vanidad de vanidades, que el preciosismo barroco y el horror vacui encubren la fugacidad de la vida y el fin de los placeres y riquezas. Profano, en humanidad y pasión de sus seres como en carga, flagelación y cicatriz de la tela, cuan confesionario de actos y declaración de mortalidad.

En Taurocatapsia1 —título homónimo del primigenio ceremonial de acrobacias de gimnastas con mediación del toro en las culturas prehelénicas—, Valeria nos presenta una narrativa ritual- maravillosa que resignifica la tauromaquia desde la subversión de roles, la anulación del sacrificio y la apoteosis de los afectos. El minotauro surge como entidad mediadora de tensiones, disputas y enunciaciones2. En su imagen, la fusión del toro y el matador, por ende, la superación de la lidia y los márgenes de vida y muerte; a su semejanza, la conciliación de masculinidad, feminidad y bestialidad.

En sus cuerpos, de digno atavío y erótica maniera, se inscribe la transgresión al canon taurino, donde el hilo de vida ya no tiende entre los cuernos del toro y el corazón del torero, sino en su exposición al amor, la fragilidad y la ternura. En la danza de toros, la correspondencia y el erotismo se erigen ante la violencia y al sacrificio, como la delicadeza a la bravura y la caricia a la estocada. Y en lo íntimo de la soledad y la espera de estos seres, yace la virtud de un mañana con el ciclo del Sol y la Luna3.

Finalmente, Valeria Guerra-García nos reafirma la noción de que las tradiciones no son estáticas —sus normas se desdibujan y sus prácticas se reinventan—, para presentar nuevos actores y rituales alternativos a la hegemonía y normatividad. Así, entre los territorios de la ficción y la realidad, Taurocatapsia celebra el salto ritual de la tauromaquia a la diversidad4 y que, ante la performance de poder y fuerza, yace la persistencia del amor en la tragedia, el triunfo de lo tierno y el destierro de la agonía.

1 Curatorialmente, el concepto de Taurocatapsia conlleva nociones vinculadas al género, la ritualidad, el
ejercicio acrobático y el erotismo, así como ser una representación primigenia de toros y un antecedente de la tauromaquia, aspectos presentes en la obra de Valeria Guerra-García.

2 El minotauro torero y su representación erótico-batallante apertura lecturas teóricas desde lo queer, la
performatividad del género de Judith Butler, el erotismo de Georges Bataille y lo travesti de Giuseppe
Campuzano. A su vez, ser permite reflexionar sobre lo femenino, lo homosexual y la diversidad y disidencia
sexual en la tauromaquia.

3 En el trabajo de fondo de la artista, es constante la presentación de interiores arquitectónicos, bosques y
estadios cuyos cielos priorizan la presencia de astros mayores como el Sol y la Luna, continuos desde series anteriores.

4 Históricamente, hay datación de toreras mujeres como Juanita Breña, conocida como “Juana el marimacho”, a través de una acuarela de Pancho Fierro y testimonio de Ricardo Palma, en la Lima de siglo
XIX. En el caso de toreros homosexuales, se conoce la historia de Sidney Franklin, matador estadounidense de la primera mitad del siglo XX en Estados Unidos y México; y más reciente, del español Mario Alcalde, el primer torero en declarar públicamente su pansexualidad en 2024. La mínima existencia y casi nulidad de casos evidencia la represión y tabú que domina la tauromaquia.

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