Por Gustavo Ochoa Morán
Licenciado en Arte y Maestrando en Escritura Creativa por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos
Fotos: Instagram del Festival de Cine de Lima
La memoria audiovisual sobre el VIH en el Perú se encuentra aun en construcción, aunque existen cortometrajes de ficción que, desde hace ya más de una década, han ido narrando, de manera diversa, lo que ha implicado llevar una vihda positiva. Impulsados por concursos como los que promovió el centro Manuela Ramos en 2008, estas películas empezaron a visibilizar una realidad y las múltiples personas que viven con este diagnóstico se vieron representadas por fin en un plano y fueron adquiriendo una incipiente voz. Sin embargo y hasta antes del estreno comercial de Chabuca, dirigida por Jorge Carmona en 2024, el tema fue perdiendo sonoridad y presencia en las propuestas audiovisuales. Por ello, el estreno reciente de Manuales de supervivencia de Luisa García Alva en el Festival de Cine de Lima representa un hito en esa memoria, pues además de ser un largometraje documental, refleja en primera persona la experiencia de una mujer que vive con VIH y que decide contar sus avatares, sus dudas y también expresar sus anhelos de vida. Crónicas de la Diversidad tuvo la oportunidad de asistir a una de sus proyecciones y esta es una entrevista que su directora tuvo a bien brindarnos.
GO: Hola, Luisa. Bienvenida a la plataforma Crónicas de la Diversidad. Felicitaciones por el estreno de tu reciente película Manuales de supervivencia y por los dos reconocimientos obtenidos en el trigésimo Festival Internacional de Cine de Lima. Para comenzar esta entrevista, ¿podrías presentarte muy brevemente para nuestrxs seguidorxs?
LGA: Hola. Mi nombre es Luisa García Alva. Soy cusqueña, comunicadora audiovisual y gestora cultural. Estudié teatro durante un buen tiempo de mi vida, y eso me permitió tener algunas herramientas para no parecer tan antisocial y poder expresarme mejor. Amo el cine que me deja pensando durante horas, incluso días. Y, aunque tengo muchos proyectos, también sueño con cosas más grandes: vivir en una casita en la sierra del Perú junto a mi novio y llegar a los 90 años para poder ver envejecer a mis sobrinxs.
GO: En tu documental Manuales de supervivencia percibo, en términos generales, lo que significa sobrellevar un duelo por el diagnóstico de infección por VIH para una mujer en un contexto donde este se sigue llevando como una suerte de closet. En la película dejas claro que tu película empezó a filmarse en el mismo momento crítico de tu diagnóstico. Sin embargo, ¿qué rumbo fue tomando el proyecto en adelante?
LGA: En realidad, para mí la película tiene más que ver con una búsqueda, con preguntarme qué hago ahora después del diagnóstico y cómo enfrento la vida a partir de ese momento.
Manuales de supervivencia empieza justamente con el registro de mis hospitalizaciones: la UCI, los pasillos del hospital, todo lo que estaba viviendo en ese momento. Pero hubo un quiebre cuando recibí el diagnóstico. Ahí dejé de grabar, porque sentí que ese material era algo que no podía mostrar ni contar.
Mi viaje a Argentina fue fundamental en ese proceso. Allí pude conocer otras realidades y, sobre todo, conocer a otras personas y activistas que vivían con VIH. Empecé a ponerle rostro al VIH y a darme cuenta de que era posible hablar de ello. A partir de esa experiencia, comencé a mirar de otra manera el material que había grabado y a pensar que tal vez ahí había una película.
Participé en el Talents Buenos Aires y fue uno de los primeros espacios cinematográficos donde pude hablar abiertamente sobre el proyecto. Entonces decidí continuar grabando y empezar a trabajar de una manera más consciente. Años después, obtuve el fondo del Ministerio de Cultura y a partir de ahí pude desarrollar el proyecto de una forma mucho más organizada.
GO: En la aún emergente memoria audiovisual sobre el VIH en el Perú, mayormente constituida por cortometrajes, se ve que los realizadores varones han tenido una participación predominante, incluso, en la representación de mujeres de vida positiva. ¿Tuviste esto en cuenta cuando decidiste tomar la cámara y la voz para filmar desde el punto de vista de una mujer que vive directamente con esta condición de salud? ¿Consideras que las brechas de género en el audiovisual acentúan la ausencia de miradas diversas sobre este tema?
LGA: Cuando trabajaba en la Red de Microcines del Grupo Chaski, pasó algo muy curioso. Participé como jurado en un concurso que convocaba a cineastas a presentar cortometrajes sobre historias de personas que vivían con VIH. En ese momento vi muchas historias, sin imaginar que, años después, yo también recibiría un diagnóstico. No recuerdo haber visto entonces ningún cortometraje autobiográfico contado por una mujer cis o trans viviendo con VIH. Y creo que eso también tiene que ver con que ha habido una mayor producción y visibilidad de discursos sobre el VIH vinculados a hombres y, particularmente, a las comunidades LGTBQ+.
Sin embargo, cuando yo empecé a grabar, no tenía nada de esto en mente. En ese momento ni siquiera sabía que estaba haciendo una película sobre el VIH. Simplemente empecé a registrar lo que me estaba ocurriendo y la película fue tomando forma mucho después. Cuando decidí abordar el proyecto de manera más consciente, inicialmente pensé en hacer una película coral, en la que también aparecieran las historias de otras mujeres viviendo con VIH. Con el tiempo, la película fue cambiando y terminó concentrándose en mi propia experiencia. Creo que me di cuenta de que contar las historias de otras mujeres también podía ser, de alguna manera, una forma de esconderme un poco detrás de ellas. Yo todavía tenía que enfrentar mi propia historia y vencer ese miedo a hacerme visible. Entonces entendí que, para mí y también para la película, lo más honesto era llegar a esa intimidad.
Sobre las brechas de género en el audiovisual, creo que definitivamente existen y que eso también puede influir en qué historias se cuentan y desde qué lugares se cuentan. Pero también percibo que las cosas han ido cambiando. Cuando yo estudiaba audiovisual, recuerdo que había ciertos roles que parecían estar más asociados a las mujeres y otros, sobre todo los más técnicos, en los que era mucho menos frecuente encontrarnos. Ahora veo cada vez más mujeres tomando la cámara, haciendo sonido, post producción, trabajando en áreas técnicas, dirigiendo, escribiendo… Creo que las brechas se han acortado, pero todavía hay que seguir abriéndonos paso.

GO: El tratamiento de tu película a nivel técnico se caracteriza por una economía de medios: cámara a veces en mano o estática, uso de archivos, rodaje en espacios cotidianos y acompañamiento musical mínimo, entre otros. ¿En qué consistía tu visión para hacer este documental y qué desafíos encontraste en el camino de la producción tanto a nivel técnico como temático?
LGA: La película empezó en la cama de un hospital, con mi madre al lado, una cámara compacta y un registro cotidiano, y creo que eso marcó mucho la forma que terminó teniendo la película, la cual pasó por muchos momentos. Cuando presentamos el proyecto al Ministerio de Cultura, inicialmente se pensaba como una película coral, incluso había pensado incorporar animación y otros recursos para construir una propuesta visual distinta. Pero después de algunas asesorías y laboratorios de guión, empezamos a entender que la película tenía que mantener ese espíritu con el que había comenzado: urgente, directo, con imágenes que no necesariamente buscaban ser perfectas ni sofisticadas. Yo siento que, de alguna manera, el espíritu de la película es un poco punk, y eso fue algo que fuimos entendiendo y construyendo también durante el proceso, junto al camarógrafo y director de fotografía, Juan Augusto Carlos, y Sofía Velázquez, que fue la editora que terminó de darle forma a la película.
Creo que, sobre todo porque era mi primera película, yo tenía muchas dudas y por momentos quería que fuera bella, que tuviera planos muy cinematográficos. Y había imágenes que me generaban dudas porque tal vez el plano no era perfecto. Pero, al mismo tiempo, estaba ocurriendo algo o alguien estaba diciendo algo tan potente que entendimos que eso era mucho más importante. Por ejemplo, con Juan Augusto, nos dimos cuenta de que, cuando intentábamos hacer entrevistas con mi familia, ellos asumían otra actitud. Se perdía un poco la autenticidad que estábamos buscando. Entonces muchas veces decidimos que yo estuviera sola con ellos y simplemente plantar la cámara y dejar que las cosas sucedieran. Y eso también fue un reto, porque creo que a veces es más difícil grabar a tu propia familia que a personas que no conoces. Una está involucrada emocionalmente, está nerviosa y quiere controlar muchas cosas.
Cuando Héctor Gálvez empezó a trabajar conmigo en el guión, también me ayudó a entender eso. A veces yo miraba algún plano y decía: “No sé si esto funciona”, y él insistía en que teníamos que confiar y darle prioridad a lo que se estaba contando. Entonces creo que esa fue una de las decisiones más importantes de la película: aceptar que no todo tenía que ser perfecto. Porque tampoco la vida es perfecta. Creo que hay películas que nos conmueven profundamente y que no necesariamente lo hacen porque cada plano sea estéticamente impecable. La belleza también puede estar en lo que una historia te dice, en la forma en que te atraviesa y en aquello que permanece contigo después de verla.
Y creo que eso era lo que buscábamos con Manuales de Supervivencia, que su forma no escondiera su origen ni tratara de embellecer artificialmente lo que estaba ocurriendo. Había que contar la historia como era, con sus imperfecciones, porque en esas imperfecciones también había una forma de honestidad.
GO: Fuiste coordinadora cultural para el grupo Chaski hace años cuando esta asociación seguía promoviendo la creación de cine documental en diversas comunidades rurales excluidas de la producción cultural del país. Coméntanos, ¿cuánto consideras que te ha influido su trabajo y tu experiencia con ellos en la visión para tu documental?
LGA: Fui coordinadora en la Red de Microcines del Grupo Chaski y creo que esa experiencia influyó muchísimo en mi manera de entender y de ver el cine. Además de tener la oportunidad de ver muchísimas películas, pude conocer distintos territorios y acompañar procesos de difusión cinematográfica en contextos muy diversos. Antes de esa experiencia yo consumía cine, por supuesto, pero probablemente era un cine mucho más mainstream. El acercamiento a la Red de Microcines me permitió descubrir películas de muchos países a las que antes no tenía acceso, acercarme al cine comunitario y conocer otras formas de entender y utilizar el audiovisual.
Pero creo que algo que me marcó especialmente fue ver películas junto con el público fuera de las salas de cine. Ver sus reacciones, escuchar sus comentarios y descubrir qué tipo de historias logran conectar fue algo que me enseñó muchísimo. Actualmente, desde mi trabajo en gestión cultural, sigo recorriendo y acompañando iniciativas culturales en distintos territorios de Lima y Huarochirí, y siento que esa experiencia también sigue alimentando mi manera de mirar.
Recuerdo una idea de Stefan Kaspar que siempre me pareció muy valiosa: que el cine puede ser una herramienta, pero también un espejo y un reflejo de nuestra realidad. Me parece hermoso cuando una película logra conectar con las personas desde distintos lugares y no solamente con quienes están acostumbrados a ver cine o a hablar de cine.

GO: Manuales de supervivencia obtuvo el Estímulo Económico del Ministerio de Cultura para la Producción de Largometraje Documental en 2020 lo que permitió su realización. ¿Sentiste en algún momento que por ser financiada por el Estado tu película podría encarar alguna forma de censura al mostrar las ineficacias en los servicios de salud para quienes viven con VIH? Por otro lado, ¿te acercaste a algunas asociaciones o activistas VIH+?
LGA: En algún momento pensé que, por tratarse de una película financiada con fondos del Estado, podía haber alguna observación o cuestionamiento respecto al contenido de la película. Sin embargo, durante el proceso nunca sentí una forma de censura ni una intervención en ese sentido.
Manuales de Supervivencia no es una película centrada directamente en denunciar la ineficiencia del sistema de salud, pero sí hay momentos que dialogan con mi experiencia como paciente y con algunas preguntas sobre la manera en que funciona la atención para las personas que vivimos con VIH. Por ejemplo, hay una escena en la que aparezco recogiendo mis pastillas una y otra vez, en un loop. Esa repetición es también un guiño a una rutina que muchas personas y muchos pacientes crónicos vivimos: volver constantemente a un centro de salud para recoger nuestra medicación. Y, cuando sabes que en otros países existen sistemas que permiten recibirla por periodos más largos, inevitablemente empiezas a preguntarte por qué en Perú las cosas todavía tienen que funcionar de esa manera.
Creo que la película puede ser un punto de partida para abrir esas conversaciones. Por eso me interesa mucho trabajar los cineforos después de su recorrido por festivales y llevarla también a espacios como centros de salud, donde se pueda conversar sobre la experiencia de las personas que vivimos con VIH.
Durante todo este proceso me he acercado a asociaciones y he conocido a muchas personas que viven con VIH, tanto en Argentina como en Perú. Conocer personas con historias y contextos tan distintos fue fundamental para mí, porque me permitió entender algo que ahora me parece muy importante: el VIH no tiene un solo rostro ni le ocurre únicamente a un determinado grupo de personas.
GO: Manuales de supervivencia ha conseguido dos reconocimientos durante el FICL: el Premio del Jurado a la mejor película de la Competencia peruana otorgado por EGEDA Perú y el Premio a mejor película peruana otorgado por el Ministerio de Cultura. Se trata de reconocimientos que felicitamos, pero también nos preguntamos qué mensaje te transmite a ti para la visibilización del tema del VIH en la cultura.
LGA: Siento que estos reconocimientos permiten que Manuales de Supervivencia siga encontrando nuevos espacios y públicos. Por ejemplo, recientemente ha sido seleccionada para EDOC – Encuentros del Otro Cine, lo que nos permite continuar con el recorrido y su difusión. Para mí, lo más valioso es que la película pueda seguir generando conversaciones sobre el VIH y el estigma. Los premios son una alegría enorme, pero también una oportunidad para que la película siga dando qué hablar y el tema pueda estar presente en más espacios.
GO: En las proyecciones has mencionado tu intención de que la película llegue a otros espacios educativos pero también a espacios de la sociedad civil para mostrar lo que implica vivir esta condición de salud. ¿Qué camino le toca emprender en adelante a Manuales de supervivencia? ¿Ya tienes una ruta planeada o quizás soñada para tu documental?
LGA: Ahora estamos empezando a trabajar en el recorrido que tendrá la película después de los festivales, junto a Karoline Pelikan, pensando en estrategias de difusión e impacto. Manuales de supervivencia continuará su recorrido por festivales y muestras, pero también nos han contactado algunos colectivos interesados en proyectarla. La idea es que, a partir de los cineforos, podamos generar espacios de diálogo en centros de salud y educativos, conversando con profesionales de la salud física y mental, y con jóvenes sobre el VIH, el estigma y las experiencias de quienes vivimos con esta condición.
También hay una idea que nos interesa: desarrollar una plataforma audiovisual que parta de Manuales de supervivencia y que pueda reunir o contar otras historias. Es algo que todavía estamos trabajando; por ahora, estamos concentradas en encontrar la mejor ruta para la película.//

