El sombrero que incomoda a la derecha: El «Montonero chocollo», censura y resistencia marica en Arequipa

por Jesús Álvarez (Chocollx)

El centralismo limeño suele fagocitar la indignación cultural. Cuando la obra María Maricón sufrió los embates de la intolerancia en la capital, los pronunciamientos de la comunidad artística y las portadas de los principales medios nacionales no se hicieron esperar. Sin embargo, cuando la censura opera en las regiones, el silencio mediático es ensordecedor. Esto es exactamente lo que ocurrió en el Centro Cultural de la Universidad Nacional de San Agustín (UNSA) con la performance «Montonero chocollo», un acto de censura institucional y homofobia política que ha pasado prácticamente desapercibido por la prensa hegemónica, pero que encierra las tensiones más profundas del Perú actual.

La campaña del miedo: De la homofobia al despacho rectoral

La puesta en escena del «Montonero chocollo» proponía una grieta en la narrativa histórica oficial de la blanca ciudad: reapropiarse de la figura del montonero arequipeño —históricamente ligada a la virilidad, la gesta heroica y el orgullo regional— desde una disidencia sexual. En el argot popular arequipeño, ser «chocolla» o «chocollo» ha sido históricamente un insulto, el equivalente local al «marica». Llevar ese insulto al sombrero de paja y al poncho del montonero fue un acto de audacia estética que la ultraderecha local no pudo tolerar.

El detonante de la censura tiene nombre propio: Cristian Aranda. El hoy diputado basó su carrera y su campaña electoral en una retórica de manual: el miedo, el racismo encubierto y una homofobia recalcitrante. Aranda utilizó la performance como un botín político para azuzar el pánico moral de los sectores más conservadores, ejerciendo una presión directa sobre las autoridades universitarias. La respuesta del Rectorado de la UNSA no fue la defensa de la libertad de cátedra ni de la expresión artística; por el contrario, cedió de forma sumisa ante el chantaje fundamentalista.

El doble rasero institucional quedó plenamente en evidencia: a pesar del oficio remitido por la presidenta de la Comisión de Justicia, la congresista Susel Paredes Piqué, exigiendo explicaciones directas al rector de la UNSA sobre este grave acto de censura, la universidad optó por un silencio sepulcral. Sin embargo, el despacho rectoral sí se apresuró en responder al congresista de ultraderecha Alejandro Muñante. En dicha respuesta, el rector de la UNSA —Hugo Rojas Flores, un personaje que hoy arrastra graves denuncias por corrupción— se alineó abiertamente a favor de la censura, manifestando explícitamente su respaldo a la medida, anunciando acciones disciplinarias y confirmando el despido fulminante de los responsables de gestionar el espacio cultural.

Lo más doloroso de este episodio no fue solo la predecible violencia de la derecha, sino la ausencia de solidaridad. La mayoría de los artistas que formaban parte de la misma muestra optaron por mirar a un lado. El miedo a la cancelación laboral o la complicidad silenciosa de un gremio que muchas veces prefiere el confort del aplauso institucional antes que la trinchera de la disidencia, dejó al «Montonero chocollo» solo en el escenario de la censura.

El sombrero en disputa: Entre el racismo estructural, el ecocidio y elecciones presidenciales

Esta censura no ocurre en el vacío. Se da en un contexto electoral asfixiante donde el Perú se debate, una vez más, entre la barbarie y la resistencia. En la escena política nacional, Roberto Sánchez intenta capitalizar el simbolismo del sombrero de paja —popularizado por Pedro Castillo— para reivindicar la opresión histórica del racismo colonial y las comunidades rurales. Un simbolismo que hoy choca de frente contra la amenaza de Keiko Fujimori, cuyo proyecto político no solo carga con un historial de violaciones a los Derechos Humanos, sino que hoy propone abiertamente la salida del Perú de la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), lo que dejaría a las minorías y disidencias en el desamparo absoluto.

En Arequipa, esta disputa simbólica adquiere un tinte de urgencia ambiental. La provincia vive bajo la constante tensión de conflictos socioambientales como el proyecto minero Tía María. El extractivismo no es solo un modelo económico; es un ecocidio que destruye los territorios rurales de donde proviene, precisamente, ese sombrero. Por ello, la figura del montonero chocollo une los cables sueltos de nuestra crisis: el racismo centralista que desprecia lo rural, el capitalismo extractivista que destruye el agro, y la homofobia política que pretende borrar la existencia de las identidades LGBTIQ+ en las provincias.

«Ser chocollo en Arequipa es resistir en un territorio donde el racismo colonial y el conservadurismo eclesiástico pretenden dictar quién tiene derecho a habitar la historia y la cultura.«

El sombrero chocollo como trinchera disidente

Es momento de disputar los símbolos. El sombrero de paja ya no puede ser solo el emblema de la identidad rural masculina y heterosexual, ni tampoco el fetiche político de una izquierda que muchas veces prefiere ignorar la agenda de las disidencias sexuales para no «perder votos».

El sombrero chocollo debe transformarse en un símbolo de resistencia interseccional. Es la corona de las maricas periféricas, de los cuerpos trans y no binarios que defienden el agua, que resisten al centralismo limeño y que le plantan cara al fascismo que encarna el fujimorismo y sus satélites como Cristian Aranda.

Frente a una universidad que se arrodilla ante el poder político, frente a una prensa que calla y un circuito artístico que prefiere la comodidad, el «Montonero chocollo» nos recuerda que la memoria de nuestros pueblos también es marica, también es chola, y que no habrá licencia social para la minería ni derechos plenos para la comunidad LGBTIQ+ si seguimos permitiendo que nos arrebaten la cultura. El sombrero sigue puesto, y la resistencia recién comienza.

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