Por: Alexandra Arana Blas
«El miedo es lo que nos permite sobrevivir»
–Arlene a su hijo, Naim
Leviticus (2026), película australiana de terror dirigida por Adrian Chiarella, se ubica en el género del coming-of-age o crecimiento del personaje adolescente. Tiene a Naim como protagonista, quien se muda con su madre a un pueblo donde sus habitantes asisten a un culto cristiano. A pesar de no sentirse a gusto en su nuevo hogar, Naim siente atracción hacia Ryan, su compañero de clase. Tras presenciar un beso entre este y Hunter, el hijo del pastor, los expone a la comunidad. Ello desencadena el conflicto de la película: la aparición de un ente que se transforma en la persona amada y que ataca a quien haya sido objeto del ritual. Así, en una metáfora de la terapia de conversión, Hunter, Ryan y Naim ven sus vidas en peligro.
La película llama la atención por la marcada distancia entre el mundo de los jóvenes y el de los adultos, pues los hijos se burlan en voz baja de la credulidad de sus padres. Pero estos últimos son los que imponen su autoridad y los entregan al pastor, quien realiza sobre ellos un rito y les impone una maldición.
También podemos ver la separación del mundo adulto y juvenil en un análisis de composición de las escenas. Los espacios dedicados al culto tienen una mayor presencia de personas adultas, quienes predican y cuentan su vida. En sus relatos, es el miedo y el trauma de haber perdido a un ser querido lo que los une a la comunidad. Sin embargo, luego uno se da cuenta que es el miedo a la soledad lo que los hace (sobre)vivir—aún a costa de sacrificar a sus propios hijos—en aquel culto.
Diferente es el caso de los espacios adolescentes, los cuales suelen ser amplios, casi vacíos. Si bien pueden darse en escenarios abiertos o cerrados, la sensación de soledad es lo que prima. De esa manera, el interior de un granero abandonado, la parte trasera de un bus, un ring de patinaje, los baños de una piscina en la noche, una cabina de fotos o un patio trasero se transforman en lugares donde los protagonistas pueden explorar su sexualidad. Pero también en ellos los adolescentes ejercitan la violencia. No obstante, será la decisión de la pareja protagonista, Naim y Ryan, lo que resignifica el miedo y lo que es “estar en comunidad”.
Finalmente, vale la pena ver Leviticus en el ecosistema de películas de suspenso y terror que se han estrenado en los últimos años, los cuales dan un giro de tuerca al género, y esta vez es el mismo cuerpo disidente el que permite repensar el terror. Ejemplo similar se puede ver en Vi el brillo del televisor (I Saw the TV Glow, dir. Jane Schoenbrun, 2024).

Leviticus (2026): (Re)Articulating Fear in Horror Films
By: Alexandra Arana Blas
“Fear is what allows us to survive”
–Arlene to her son, Naim
Leviticus (2026), an Australian horror film directed by Adrian Chiarella, is a coming-of-age story centered on a teenager’s search for identity. The film follows Naim, who moves with his mother to a town whose residents are members of a Christian church. Although he struggles to feel at home in his new surroundings, he is drawn to his classmate Ryan. After witnessing Ryan kiss Hunter, the pastor’s son, Naim exposes their relationship to the community. This act sets in motion the film’s central conflict: the appearance of an entity that takes the form of the person one loves and attacks whoever has been targeted by the ritual. As a metaphor for conversion therapy, the curse places Hunter, Ryan, and Naim in mortal danger.
The film emphasizes the stark divide between the worlds of young people and adults. The teenagers quietly mock their parents’ gullibility, yet it is the adults who wield authority and ultimately hand their children over to the pastor, who subjects them to a ritual and imposes the curse.
This separation between adult and youth worlds is also reflected in the film’s visual composition. Spaces dedicated to worship are populated primarily by adults, who preach and share personal testimonies. In these accounts, fear and the trauma of losing a loved one appear to bind the community together. Gradually, however, it becomes clear that what truly sustains the group is a fear of loneliness—a fear so profound that its members are willing to sacrifice even their own children in order to preserve their place within the cult.
The spaces frequented by teenagers, by contrast, are often spacious and nearly empty. Whether open or enclosed, they are marked by solitude. An abandoned barn, the back of a bus, a roller-skating rink, the restroom of a swimming pool at night, a photo booth, or a backyard become places where the protagonists can explore their sexuality and forge intimate connections. Yet these same spaces are also sites of violence and vulnerability. Ultimately, the choices made by Naim and Ryan redefine both fear and the meaning of belonging to a community.
Finally, Leviticus can be situated within a broader wave of recent suspense and horror films that reimagine the genre by centering dissident bodies and marginalized experiences. In these works, otherness itself becomes a lens through which horror is reconfigured. A comparable example is I Saw the TV Glow (dir. Jane Schoenbrun, 2024).


