FCL 2026 | Seis meses en el edificio rosa con azul: despertar sexual y memoria familiar

Por Gustavo Ochoa Morán
Licenciado en Arte y Maestrando en Escritura Creativa por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos.

El 30° Festival de Cine de Lima ha apostado por las diversidades en la selección de películas para su Competencia Latinoamericana de ficción. Entre las temáticas que observamos en las películas están la adolescencia, los deseo disidentes y las memorias colectivas. Es el caso del filme Seis meses en el edificio rosa con azul, coproducido por México, Brasil y Dinamarca, dirigido por Bruno Santamaría. 

Seis meses en el edificio rosa con azul es una ficción autobiográfica ambientada en la Ciudad de México de los años noventa, que narra la entrada a la pubertad de Bruno y su primera exploración del deseo por otro chico mientras su familia entra en una breve crisis por el diagnóstico que recibe su padre. 

A nivel de imagen, la dirección de Bruno Santamaría procura crear una atmósfera con reminiscencias a las décadas pasadas. Para ello, su puesta recurre al formato de filmación cuadrangular y la edición busca imprimir una textura granulada similar a la de un videotape con colores acentuados sin resultar tan saturados. A nivel sonoro, se hace uso de música de la época (Rocío Jurado, La India) a efectos de climatizar la historia temporalmente. Dentro de la escenificación, las calles del barrio, los espacios privados o comunes en los bloques de viviendas comunitarias y las aulas de la escuela son representados con realismo. Es más, la puesta en escena llega a recurrir a tomas-secuencia para extender la cotidianidad de la familia que centraliza el foco de la historia. En ese sentido, momentos tan habituales en un hogar de clase obrera, como picar verduras, lavar trastes, conducir un coche e, incluso, hacer una conexión clandestina para robar cable, se perciben con naturalidad. Es preciso señalar la aceptación que tiene el travestismo como tradición festiva en esta comunidad barrial, en la que participan personajes de distintas edades y que sirven a nivel argumental para el proceso de autoexploración del protagonista.

Otros espacios logrados con solvencia son aquellos habitados por Bruno y que corresponden a un momento de tránsito entre la infancia y la adolescencia. Esa factura de relato coming of age se logra principalmente mostrando las circunstancias más notorias en la vida de un chico púber: el autodescubrimiento, el asomo a los problemas de la vida adulta, los primeros deseos homosexuales, la presión ante el mandato del género, el rechazo social, etc. Para ello, el director recrea situaciones propias de la edad, como leer cartas de amor entre risas, aprender a besar francés, dar los primeros tímidos besos o ver porno a escondidas, hechos derivados, en buena cuenta, de la socialización del género y que ponen en estado de tensión al protagonista.

A nivel actoral, Jade Reyes, quien interpreta a Bruno, logra matizar ese temperamento entre desinhibido y cohibido por lo que acontece en la vida de su personaje. En los roles secundarios de los padres, los actores Sofía Espinosa y Lázaro G. Rodríguez expresan emociones tan diferentes como la alegría, la amargura o la impotencia sin caer en lo melodramático. En particular, destaco al personaje de la madre, quien encarna con entusiasmo la resiliencia de la madre latinoamericana, a la vez que moviliza a su alrededor una cadena de solidaridad junto a las demás mujeres del bloque.

A nivel narrativo, hay dos elementos que se insertan paralelos a la trama contada. Por un lado, la presencia, entre fantástica y simbólica, de la historia de la rana y la vaca, un dueto de ficción ideado por Bruno y pintado junto a su padre en el que camufla su deseo secreto por su amigo Vladimir. Por otro lado, está la filmación fuera de la diégesis y hecha dentro del “set” en la que Bruno entrevista a sus padres e, incluso, gira la cámara para confesarse a sí mismo. De este modo, el director hace de su película un dispositivo de memoria más allá de las instancias ficcionales y se permite ocupar el encuadre con testimonios que reflejen directamente la experiencia de su familia respecto al diagnóstico de su padre.

Finalmente, un tema insoslayable en esta reseña es la representación de la epidemia del VIH/sida en los años noventas. Por un lado, la película recupera una memoria, dado que se muestran las campañas de concientización sobre las formas de transmisión y los métodos de protección, hechas con animaciones para las infancias, así como la comunicación del estatus serológico a las posibles parejas sexuales y los temores por la muerte debidos a la falta de terapias totalmente efectivas. Pero, por otro lado, el filme ofrece la oportunidad de revisar los pánicos morales que esta crisis despertó, lo que se revela en los ecos alarmistas de los medios de comunicación y, como consecuencia, la mirada de sospecha, e incluso acoso, sobre las identidades que se leían como fuera de la norma. Sin embargo, esta presencia aparece y luego sale de la trama, lo que deja al espectador la sensación de que dicha condición de salud sigue siendo un tema incómodo a nivel social. 

Seis meses en el edificio rosa con azul narra de forma original una serie de temas como el paso a la adolescencia, la  homosexualidad o el diagnóstico del VIH y se aboca a mostrar los diversos conflictos dentro de la intimidad de una familia mostrándolos con matices así como con algunos vacíos que el espectador debe completar. Su apuesta por el color, la fantasía y la hibridez narrativa le brindan un halo especial que la hacen entrañable de ver.

Seis meses en el edificio rosa con azul tendrá tres funciones durante el Festival: el domingo 9 de agosto a las 05:00 p.m. en la Sala 12 del Cineplanet San Miguel, el martes 11 de agosto a las 09:30 p.m. en la Sala Roja del CCPUCP (San Isidro) y el viernes 14 de agosto a las 07:10 p.m. en la Sala 5 del Cineplanet Alcázar (Miraflores). Pueden adquirir sus entradas en Joinnus.

Bruno Santamaría Razo

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